jueves, 24 de marzo de 2022

Post Crónica 16: la Covid-19 no ha hecho más que empezar

La lección más importante que está dejando la pandemia de COVID-19 es que lo único constante es el cambio. Las variantes se propagan, los casos aumentan y disminuyen, los tratamientos cambian y los conocimientos aumentan. Esto significa que todos —sociedad civil, funcionarios, salud pública— debemos aprender de manera constante y adaptarnos con rapidez, bajo el entendimiento de que es poco probable que dure mucho la eficacia de cualquier respuesta política.

Es momento de poner en práctica esa flexibilidad. Los casos al alza en Europa, los estragos que está causando la variante ómicron, sobre todo entre las personas mayores no vacunadas, en Hong Kong y la desaceleración de las campañas de vacunación son advertencias de que otra ola de infecciones podría estar a punto de desatarse.

Aunque se desconocen los motivos exactos detrás del aumento veloz de casos en Europa, es casi una certeza que se debe a una combinación de la subvariante BA.2 de ómicron —que es altamente contagiosa—, el cambio de comportamiento de la población y la inmunidad que declina. La BA.2 representa una proporción cada vez mayor de casos nuevos y está prolongando la ola de ómicron. Al mismo tiempo, los países europeos están anulando las restricciones relacionadas con el coronavirus, incluyendo el uso obligatorio de mascarillas y los límites de capacidad en interiores, además de que se está debilitando la inmunidad a las infecciones brindada por las vacunas y tal vez por contagios previos también. Por suerte, si bien las vacunas solo brindan una protección pasajera contra las infecciones generales, la protección que ofrecen contra las infecciones graves y la muerte es más duradera.

También hemos aprendido más acerca de la naturaleza de la amenaza. Se ha intentado resolver la pregunta de si ómicron es una variante mucho menos grave del coronavirus que las cepas anteriores, o si ha causado enfermedades mucho menos graves, porque se topó contra un muro de inmunidad otorgada por la vacunación e infecciones previas en países con altos índices de vacunación. El brote mortal en Hong Kong responde esa pregunta: la COVID-19 sigue siendo despiadada y la variante ómicron es letal en una población ingenua a nivel inmunitario, sobre todo entre personas mayores no vacunadas. Esto ha provocado una ola devastadora de muertes allí y ayuda a explicar por qué en Estados Unidos se sigue reportando alrededor de 1.000 muertes diarias, la gran mayoría entre personas que no cuentan con el esquema completo de vacunación.

En países con ralentizaciones en la inmunidad, la BA.2 se propaga con una velocidad cada vez mayor y es probable que pronto represente la mayoría de los casos nuevos. Esto no significa que la BA.2 cause un repunte mortal, pero sí significa que los casos podrían aumentar pronto y que las personas mayores que no están vacunadas o no cuentan con las dosis necesarias de la vacuna, así como las vulnerables por motivos médicos, podrían enfrentar una amenaza letal.

Las olas reiteradas de COVID-19 han puesto de manifiesto las debilidades y la escasez crónica de financiamiento de nuestros sistemas de salud pública y atención médica primaria. Las enfermedades infecciosas surgen cuando la sociedad fracasa. La falta de confianza limita la capacidad de los gobiernos de proteger a su gente. Los sistemas frágiles de salud pública hacen que las nuevas amenazas se detecten cuando ya es demasiado tarde para tomar medidas. El financiamiento sostenido podría ayudar a garantizar la protección contra amenazas pandémicas futuras, pues permitiría la existencia de exenciones permanentes a los límites presupuestarios para funciones esenciales de defensa de la salud, en vez de tener que depender del financiamiento suplementario temporal para cada emergencia sanitaria. Los diagnósticos, los tratamientos y la vacunación contra la COVID-19 y otras amenazas seguirán siendo insuficientes hasta que los sistemas de atención médica primaria se vuelvan más robustos; mientras tanto, la COVID-19 continuará propagándose entre poblaciones que son mucho menos resistentes de lo que serían si recibieran cuidados preventivos adecuados.

Haz caso a la ciencia” es un mantra, pero la ciencia puede ser sumamente lenta y es inevitable que deban tomarse decisiones antes de que los datos perfectos estén disponibles. Aún no sabemos qué provoca el surgimiento de las variantes ni qué deparan las futuras mutaciones. Tampoco conocemos los plazos óptimos de vacunación para los distintos grupos de personas, si será necesaria una cuarta dosis y, de ser así, cuándo deberá aplicarse y a quiénes. Además, no sabemos si los tratamientos de alta eficacia que se han descubierto pueden ofrecerse a suficientes personas como para reducir las hospitalizaciones y las muertes. Aun así, hay que intentarlo. La salud pública, como la política, es el arte de lo posible. La epidemiología rigurosa, la gestión meticulosa de respuestas y la ciencia bien comunicada deben ser las bases de las medidas de salud pública. Aumentar la vacunación, incluyendo las dosis de refuerzo, entre las personas mayores y vulnerables es un reto de vida o muerte. Ampliar la vinculación de las pruebas y los tratamientos puede reducir las hospitalizaciones y las muertes de manera significativa y proteger los sistemas de atención médica. El monitoreo de la COVID-19 en aguas residuales, como se hace con la polio y otras enfermedades, podría identificar la propagación de la enfermedad antes de que muchas personas enfermen. Si los profesionales de salud pública descubren brotes justo cuando comienzan, los líderes podrían limitar la propagación.




miércoles, 9 de marzo de 2022

Post Crónica 15: Algunos humanos jamás son contagiados por el Covid

Dos personas salen a cenar y toman lo mismo; una acaba en la sala de urgencias con intoxicación alimentaria, la otra no. El Covid-19 afecta a toda una familia, excepto a una persona, que se mantiene sana. La imprevisibilidad del coronavirus evidencia lo mucho que no sabemos. Así, la variante ómicron se ha propagado en las ciudades con una tasa de contagio mucho más alta que antes, y sin embargo algunas personas siguieron dando negativo, incluso cuando convivían con una persona que había dado positivo.

Se sospecha desde hace tiempo que la genética puede ser un factor que explique por qué hay personas que reaccionan de forma distinta a una misma enfermedad. No es tan extraño. Dos niños mellizos (con la misma mutación genética) pueden presentar grados muy distintos de distrofia muscular. Y así sucede con muchas otras enfermedades. Tal vez haya genes que protegen a las personas de una enfermedad y sus síntomas, pero no es posible que una única mutación genética pueda afectar a la reacción al coronavirus. Si se busca en combinaciones de genes, se comprueba que algunas variaciones genéticas entre personas contagiadas y sus parejas asintomáticas influyen en la actividad de las células asesinas naturales, un componente fundamental del sistema inmunitario. Las personas sin síntomas de contagio son más propensas a que sus células asesinas naturales reaccionen con firmeza, lo que puede ayudar a fortalecer la defensa ante la infección. Esto no significa que evitar la enfermedad sea posible solo gracias a los genes, pero estos proporcionaron una pieza de un rompecabezas apasionante.

En muestras de sangre de 100 personas mayores de 90 años, entre ellas 15 centenarias, de las cuales una se conserva con una extraordinaria salud a sus 114 años, todos ellos salieron relativamente indemnes del contagio o tuvieron contacto con el virus, pero sin presentar síntomas. Centrarse en esta población, que normalmente se consideraría de alto riesgo por su edad avanzada, puede ayudar a aislar un factor genético que explique las consecuencias de la COVID-19. 

Ir a la caza de marcadores genéticos de resistencia a la COVID-19 es uno de los experimentos más útiles y que más pueden contribuir al entendimiento de cómo es posible que personas sanas puedan desarrollar una enfermedad que amenace su vida? Hasta la fecha, se han identificado un pequeño porcentaje de pacientes graves de COVID-19 con mutaciones en genes relacionados con los interferones, lo que produce una falla en la capacidad del cuerpo para defenderse de la infección. Todas estas personas estaban sanas antes de contagiarse del coronavirus. Además, se ha descubierto que el 15 por ciento de las personas tiene anticuerpos que atacan por error a los interferones, mermando su funcionamiento en la respuesta inmunitaria. Una sorpresa en toda regla.

La genética es complicada. Suele haber mucho ruido, sobre todo durante la evolución de una pandemia. Para empezar, entender por qué una persona podría no contraer la COVID-19 se vuelve más difícil ahora, cuando hay factores —como las vacunas, las dosis de refuerzo y los contagios previos— que pueden influir en cómo se las arregla la gente contra el virus. Incluso la pregunta de si algo tan simple como el grupo sanguíneo se relaciona con las consecuencias de la COVID-19 —a lo que se prestó mucha atención al principio de la pandemia— está plagada de ciencia en conflicto y no es algo que a los médicos les parezca trascendente. Para dificultar las cosas, la conducta y el entorno de las personas pueden afectar al funcionamiento de sus genes.

Pero ni siquiera el conocimiento más profundo de la genética de una enfermedad garantiza que los científicos puedan desarrollar un medicamento que funcione. Para complicar las cosas, las mutaciones pueden tener efectos positivos y negativos de forma simultánea: la misma variación genética que puede generar resistencia al VIH también puede aumentar la susceptibilidad al virus del Nilo Occidental.

Si hubo alguna vez un momento idóneo para avanzar en un campo mediante la colaboración mundial y con decenas de miles de personas dispuestas a ofrecer su información genética para ayudar a impulsar la investigación, es este. Del mismo modo que se desarrolló una vacuna contra la COVID-19 en unos plazos que a muchos les parecían imposibles, también la investigación genética de la enfermedad podría progresar a pasos agigantados que en tiempos de normalidad parecerían implausibles.



Post Crónica 14: El azote de la Humanidad

Ómicron se originó en Sudáfrica. Delta en la India. Y así seguirá sucediendo, que el virus mutará, evadirá nuestras defensas y se hará más contagioso (o menos). Mientras eso sucede, nosotros seguiremos haciendo cola en el centro de salud para inocularnos la enésima vacuna ARNm.

Las pandemias han sido, son y seguirán siendo un azote para la humanidad. La peste bubónica diezmó el mundo conocido varias veces, desde los tiempos de Justiniano hasta la Edad Media. La viruela es producida por un virus mucho más contagioso y letal que el SARS-COV-19. La polio se transmite por niños asintomáticos causando parálisis y muerte. Hay epidemias de sida, de ébola, de gripes aviares y porcinas, y los olvidados coronavirus SARS y MERS, mucho más letales que el actual, pero no tan contagiosos, siguen causando estragos. La ultima gran pandemia (la mal llamada gripe española) mató a más de 50 millones de personas en 1918 1919. 

Nuestras condiciones higiénicas, médicas y farmacológicas contemporáneas no han sido suficientes para detener la pandemia del Covid. Esto es debido a varios factores, fáciles de entender. Primero, el enorme incremento de la población en el planeta hace que los virus (cualquier virus) se transmitan más rápidamente allá donde hay una alta densidad de victimas, que es casi cualquier parte. Segundo, los virus de ahora viajan en vuelos transatlánticos diarios, no en tediosas caravanas de camellos. Y por ultimo, aunque los virus suelen infectar de manera específica a una determinada especie, el asalto de los humanos al medio ambiente donde viven los animales ha incrementado enormemente la probabilidad zoonótica. Como es bastante improbable que un 90% de la humanidad decida sacrificarse (o sea exterminada por el otro 10%), la expansión demográfica obligará a seguir asaltando los ecosistemas animales con ferocidad. Y si a ello unimos que al avión nadie va a renunciar, concluiremos que el ser humano va a ser, y por mucho tiempo, presa fácil de todo tipo de pandemias.

Los virus cuyo material genético es ARN replican con peor fidelidad al original que los virus ADN y, además, no disponen de capacidad de corrección de las copias erróneas del material genético. Por eso sus mutaciones permiten con mayor facilidad los saltos zoonóticos y suelen disponer de mayor capacidad de contagio (el célebre R0). Hay que mencionar que los virus con potencial pandémico suelen transmitirse por vía respiratoria. Virus devastadores como el ébola se transmiten por los fluidos corporales, de modo que su capacidad de contagio es sensiblemente inferior. menor que los respiratorios. 

Aunque la pandemia de Covid los ha vuelto celebérrimos, los coronavirus fueron descubiertos en los años 60 y han sido durante muchas décadas unos perfectos desconocidos salvo para los virólogos. Los coronavirus humanos suelen producir resfriados. De hecho, cuatro coronavirus son los causantes del resfriado común: OC43, 229E, NL63 y HKU1. La gran mayoría de los niños tienen anticuerpos contra ellos. Han causado pandemias de manera regular. A finales de 2002 estalló la epidemia de SARS-CoV-1, que afectó a unas 8.000 personas y ocasionó 800 muertes (el 10%, quédense con este dato). La alta mortalidad facilitó el aislamiento de los contagiados. y el nada desdeñable hecho de que este coronavirus se replica principalmente en el fondo de los pulmones, y no en la nariz o la garganta como el Covid, consiguieron que que no se propagase con facilidad. Fue el primer aviso del peligro potencial de los coronavirus. En 2012 surge la segunda pandemia coronavírica, la del MERS-CoV, que ha infectado a unas dos mil personas con una mortalidad de alrededor del 35%. Sin embargo, su transmisión entre humanos es muy rara y ocurre solo en casos de estrecho contacto con pacientes (caso de los ambulatorios donde hay escasas medidas de protección). Por este motivo la mayoría de los casos se produjeron en Arabia Saudí, por contacto humano con dromedarios infectados.



Post Crónica 13: El mundo futuro

Los casos de ómicron, las hospitalizaciones y las muertes han disminuido de manera significativa mes en todo el planeta. Las autoridades están anulando restricciones como el uso obligatorio de mascarillas  en exteriores y, en ciertos casos, los pasaportes de vacunación. ¿Se trata de un punto de inflexión (otro más) en la pandemia o es la calma que antecede la tormenta (una nueva variante peligrosa)? En realidad, las preguntas a responder, y las más interesantes, son: si los brotes de COVID-19 seguirán ocurriendo; si se producirán varias veces al año, una vez al año o al cabo de varios años; si serán letales o se volverán un malestar como el catarro.

Algunos virus respiratorios, como la gripe estacional o el virus sincitial respiratorio (VSR) son abundantes en invierno. Se estima que entre 300.000 y 500.000 personas mueren de gripe cada año en el planeta. Otros, como el rinovirus, circulan todo el año a niveles bajos y sin alterar significativamente la salud humana. El problema es que todavía no sabemos nada del patrón que dará respuesta al SARS-CoV-2, ni si su enfermedad COVID-19 se volverá endémica? El patrón endémico de cualquier enfermedad se entiende mejor en retrospectiva y el coronavirus ha estado con nosotros tan solo un par de años. 

Un escenario optimista definiría un SARS-CoV-2 adaptado a un patrón poco disruptivo, similar a la gripe, que produce brotes invernales con tasas de hospitalización y letalidad más bajas de las habidas en 2020 y 2021. Un escenario pesimista propone que el virus continúa generando variantes que evadan la inmunidad y sean capaces de infectar a una gran cantidad de la población. La frecuencia y la gravedad de los brotes serán los dos factores que delineen la alteración que cause el coronavirus de aquí en adelante.

La frecuencia futura de los brotes del coronavirus está muy relacionada con la inmunidad de la población y con cómo mute o cambie el virus. La resistencia de una población frente a las variantes en circulación depende del historial de infección, vacunación y refuerzo de las personas. Una variante con cambios significativos —como la ómicron— podría infectar a muchas personas al evadir la inmunidad: este pasado invierno, muchas personas con buena protección contra la variante delta, fueron infectadas y enfermadas de ómicron.

Si el virus tiene la capacidad de esquivar el sistema inmunitario (como las variantes delta y ómicron), entonces los brotes podrían ocurrir varias veces al año y este patrón endémico podría mantenerse durante unos años más o tal vez de forma indefinida. Por otro lado, si se agota la capacidad de generar variantes con capacidad de evadir la inmunidad, las versiones futuras del virus podrían ser menos agresivas y producir menos brotes, tal vez solo una vez al año durante el invierno, de manera muy parecida a la gripe.

La gravedad de los brotes dependerá de una serie de factores, entre ellos la capacidad de las variantes para enfermar a la gente. Hasta ahora, no todas las variantes del SARS-CoV-2 han producido niveles idénticos de enfermedad. Por ejemplo, la ómicron ha producido padecimientos menos graves.



viernes, 3 de diciembre de 2021

Post Crónica 12: La variante Xi

A este hijastro del coronavirus lo han venido a llamar Ómicron en lugar de Xi (decimocuarta letra del alfabeto griego), pasando con ello de la variante Un (decimotercera letra del alfabeto griego) a esta otra, por aquello de no enfadar a un chino que vive sin tribulaciones. Para mí es la variante Xi, qué quiere que les diga. Total, esta gripe (pues no otra cosa es el Covid-19, salvo para los 7.500 restantes millones de personas, que piensan que la gripe es algo que curan las abuelas) surgió en el país de la milenaria cultura tiempo ha fenecida.







sábado, 27 de noviembre de 2021

Post Crónica 11: Covidiotas y hechos probados

Real Academia Española. Diccionario histórico de la lengua española. Covidiota: persona que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid.

Yo pienso que un covidiota es otra cosa, pero a mí no me han preguntado. 

Veamos lo que dicen algunos expertos en respaldo del concepto:

  • Pier Luigi Lopalco (epidemiólogo italiano): "Que esta Navidad no se invite a familiares y amigos no vacunados". Pero el año pasado sí tuvimos trato con quienes no estaban vacunados porque, sencillamente, no había vacunas. ¿Por qué este año hay riesgo y el año pasado no lo había si se tomaban las precauciones debidas? 
  • Luis Enjuanes (virólogo español): "Que la Seguridad Social no atienda a los no vacunados". Tampoco debería atender la Seguridad Social a los pacientes de cáncer de pulmón por haber fumado y quienes tengan esguinces por haber jugado al tenis.
  • Miguel Sebastián (ex ministro y economista español): "El que está vacunado también puede transmitir el covid. Eso es correcto. Pero (con el pasaporte Covid) se trata de hacerles la vida imposible a los que no se quieren vacunar". Luego se admite que los vacunados pueden seguir contagiando y se concluye que el peligro son los no vacunados. Curioso. Y si la finalidad de las vacunas no es impedir el contagio sino en atenuar los síntomas, ¿de dónde viene el miedo a ser contagiados? ¿No habrían de ser los no vacunados quienes más activamente adoptasen precauciones? 

Si atendemos a lo que han publicado algunas instituciones científicas al respecto de todo lo anterior, parece incuestionable que los vacunados no habrían de constituirse en representantes del miedo:

  • The New England Journal of Medicine publicó el 11 de febrero de 2021 un minucioso estudio cuyas conclusiones consistieron en que "la presencia de anticuerpos IgG está asociada a una reducción notable de reinfecciones por SARS-CoV-2 al menos durante seis meses" y "las reinfecciones de SARS-CoV-2 han sido muy pocas, la mayoría de ellas tras una primera infección asintomática o leve, lo que sugiere que pasar la enfermedad provee inmunidad contra la reinfección en la mayoría de las personas".
  • Cold Spring Harbor Laboratory publicó el 11 de octubre de 2021 un estudio que concluye que "los datos sugieren que la inmunidad antiviral específica, especialmente las células de memoria B en personas que hayan padecido la covid-19, es muy duradera y de alta intensidad durante al menos de seis a ocho meses".
  • The Lancet ha publicado el 8 de noviembre un artículo compendiador de numerosos estudios biológicos, epidemiológicos y clínicos que evidencian que quienes han pasado la enfermedad tienen bajos índices de reinfección, reduciéndose entre un 80,5 y un 100% el riesgo de contraer nuevamente la enfermedad.  
  • La Cleveland Clinic ha demostrado que la incidencia covid en quienes no han pasado la enfermedad era de 4,3 personas por cada cien, mientras que quienes habían contraído el covid dicho índice caía al 0%. 
  • Una investigación austríaca ha evidenciado que la frecuencia de hospitalización por una segunda infección es de cinco personas por cada 14.840, es decir, un 0,03%. Y la de fallecimientos, de uno por cada 14.840, un 0,01%.

Mucho me temo que hay muchos más idiotas en este asunto del covid y que no solo hay que apuntar a quienes profesan determinadas creencias extremas (porque creencias extremas las hay en ambos lados del río).




viernes, 26 de noviembre de 2021

Post Crónica 10: La guerra que estalló del virus

Cementerios vacíos de público por la covid, no de cadáveres que son sepultados prácticamente en soledad (aunque no les importa ya, es solo dolor para los que siguen con sus vidas). Tanatorios colapsados. Residencias geriátricas convertidas en cementerios. Durante unos meses la muerte, una de las primeras manifestaciones de cualquier enfermedad vírica desconocida hasta ese momento por la humanidad, asoló implacable el planeta, pero especialmente algunos países: el nuestro el primero.

Año y medio más tarde, el plan de rescate a las economías europeas se destina, sin pudor alguno, a engordar la red clientelar del Estado, no a remediar los destrozos de la pandemia. Año y medio más tarde, el director general de la OMS sigue culpando a "la falsa sensación de seguridad de los europeos" el aumento de los contagios tras cada ola. 

Alguien pensó, ilusamente, que derrotaríamos a este virus. En realidad, infinidad de álguienes lo pensaron. La propaganda resultaba útil para reforzar la descalabrada seguridad de una población enclenque e inculta, incapaz de soportar que la gente muera de enfermedad o los volcanes erupcionen. La gripe que hasta no hace tanto tiempo causaba trescientos mil muertos al año en nuestro país, es evolución de aquella gripe española de primeros del siglo XX que se llevó por delante a cuarenta millones de personas en todo el mundo, veinte veces más que este coronavirus. Pero los refuerzos racionales no se escuchan porque vivimos sentimentalizados hasta la náusea. A mí no me apena que muera un octogenario, mucho menos un nonagenario (mi padre se quedó en septuagenario y mi madre apenas pervivió un par de años tras ser octogenaria). Me apena el dolor de sus familiares en caso de conocerlos, pero de manera limitada porque la vida es muerte y la muerte ha sido antes vida. Quien quiera drogarse con el libelo de la vida perpetua y que uno es joven hasta cuando tiene cien años porque la juventud se encuentra en el espíritu, es libre de hacerlo. Hay muchas maneras de ser estúpido en la vida, no solo en los negocios. No es estupidez pensar que las vacunas son efectivas el ciento por ciento y para siempre. Es solo incultura y se soluciona leyendo y dejando de ver a los salvados y a los que miran cómo cantan y a los cocineros máster. 

Otra evidencia más de cómo la maldad humana causa estragos en tiempos revueltos, como este, lo encontramos en las despiadadas campañas contra quienes entienden que nos están engañando a todos como a no-chinos, y en esta categoría hay muchas clases, desde el que piensa que todo es un timo, al que encuentra ilógico lo que unos proclaman y luego realizan, pasando por quien sospecha que detrás de todo se encuentra Spectra. Pero como chivo expiatorio son inexcusables y sirven tontamente al objetivo artero de los gobiernos y grupos de presión para que nadie cuestione las decisiones que toman, sean buenas o malas. 

Y mientras tanto, la gente sufre por una economía que se viene abajo, apuntalada tan solo por los bancos centrales. Eso sí, las sedes sindicales, los separatismos y vaya usted a saber quién más, se verán regados con los fondos europeos diseñados para paliar los desastres de una guerra que antes ha servido de excusa que de lamento.



martes, 23 de noviembre de 2021

Post Crónica 9: pandemia y cambio climático, unidos en la paranoia

Uno de los fenómenos más llamativos de esta pandemia ha sido el mayoritario apoyo de la población a las medidas adoptadas por los gobiernos. Donde se aplicaron estrictos confinamientos, prohibiciones y recortes de derechos y libertades el respaldo popular fue masivo. Sin embargo, en países como Suecia, con medidas muy suaves, prácticamente recomendaciones, las encuestas también mostraron una aprobación similar. Entonces, ¿la masa aclama cualquier estrategia frente a la pandemia, sin importar cuál sea, sin capacidad de crítica? .

Una explicación advierte que la intensidad de las restricciones constituye la referencia básica que utiliza la mayoría de las personas para evaluar el peligro que entraña una enfermedad. En los países donde las medidas son extremas, la gente sobreestima el riesgo personal y muchos acaban desarrollando comportamientos paranoicos: evitan salir de casa o acercarse a nadie, desinfectan de manera compulsiva o utilizan permanentemente mascarilla incluso cuando la inmensa mayoría está vacunada. Por el contrario, donde las medidas son más laxas y focalizadas en los grupos vulnerables, la población percibe un riesgo mucho más moderado sin mostrar paranoias. Al final, en unos y otros países la mortalidad ha acabado siendo similar, pero el imaginario de la población es muy distinto y se encuentra anclado a la reacción de cada gobierno.

El confinamiento tiende a narcotizar el pensamiento racional, fomentando una extremada obsesión a eliminar los contagios a cualquier precio, aunque sean leves o asintomáticos, como si el aumento de la mortalidad en otras enfermedades, el deterioro de la salud mental, el menoscabo de la socialización, la pobreza o la pérdida de empleo fuesen problemas propios de un universo paralelo. La población apoya las medidas draconianas porque juzga la enfermedad extraordinariamente peligrosa pero, al mismo tiempo, esta percepción de riesgo extremo proviene de la radicalidad de las medidas adoptadas. Es un círculo vicioso que convierte las restricciones en la profecía que se cumple a sí misma.   

Se da la circunstancia de que, quienes así piensan, manifiestan una excesiva desmedida en sus gobernantes y una alarmante carencia de criterio propio. Si supieran que los gobiernos no se han distinguido por tomar decisiones con un criterio firme y que para afrontar esta pandemia se limitaron a copiar unos a otros lo que se les ocurría a cada momento, seguramente buscarían mejores puntos de referencia para valorar el riesgo.



El miedo al Covid es de una asimetría abismal: se dispara con rapidez y se apacigua con extrema lentitud al levantarse las prohibiciones (en física este fenómeno es conocido como histéresis o persistencia). Como no hay interruptor que apague instantáneamente el pánico, la retirada de las restricciones tiende a ser muy lenta y gradual, largamente diferida en el tiempo, en parte por la reticencia del propio público, y es habitual que se produzcan marchas atrás que vuelven a avivar el miedo y a prolongar todavía más la percepción de excepcionalidad. Así, aunque la pandemia sanitaria finalice, la sensación pandémica resulta interminable.  

Todos estos mecanismos perversos operan también en las políticas para combatir el cambio climático. Cuanto más radicales, costosas y perjudiciales son dichas políticas, cuanto más onerosos los acuerdos internacionales, más monstruosas parecen las consecuencias del calentamiento en la fantasía del público. Y más unidimensional se vuelve su percepción. La crisis energética, las tarifas eléctricas desmedidas o el estancamiento económico parecen pertenecer, de nuevo, a otro universo distinto, desconectado, completamente eclipsado por la amenaza del apocalipsis climático, una profecía que también posee su propia pasarela de santos y videntes.

Ni la pandemia ni el cambio climático han sido afrontados de manera racional sino impulsiva. Ha predominado una visión parcial y dogmática que solo acepta un único camino, desdeñando los daños colaterales que las medidas pudieran causar. Esta fijación obsesiva de los gobiernos en un único propósito, ya sea la eliminación de los contagios a cualquier precio o la cancelación absoluta de las emisiones de carbono, impide abrir la mente a otras alternativas que podrían ser más adecuadas para la sociedad. Y lo cierto es que la realidad siempre permite siempre varias opciones y escuchar varios puntos de vista favorece la vía racional. Así, la decisión de confinar a la población basándose en los consejos de famosos epidemiólogos ha acarreado consecuencias sociales devastadoras en prácticamente todo el planeta, porque las restricciones rebasan ampliamente los conocimientos de tales expertos. Los epidemiólogos quizá comprendieran la dinámica de los contagios, pero desconocían la magnitud de los daños y sufrimientos que causan los confinamientos que aconsejaban: incremento de otras mortalidades, aumento de los trastornos mentales, deficiente aprendizaje de los niños, retroceso de las libertades, deterioro de la convivencia, incremento de la pobreza y del desempleo. El británico Neil Ferguson emprendió una campaña activa a favor del encierro ejemplificando que “a quien solo tiene un martillo… todo le parecen clavos”. Parece obvio señalar que un experto solo en contagios no está capacitado para decidir alegremente sobre la paralización de toda la sociedad. Pero es lo que ha sucedido.   

Este mismo planteamiento se aplica al cambio climático. Con unos postulados más propios de una religión laica que de la ciencia, donde todos los postulados han de estar sometidos a una falsabilidad constante, las medidas solo contemplan una vía para la salvación: cambiar no solo las fuentes de energía sino también la conducta ciudadana, dirigiendo la sociedad hacia un nuevo puritanismo donde no caben viajes aéreos o consumo de carne, todo ello con el objetivo único de eliminar la emisión de carbono a marchas forzadas, sin considerar que los enormes recursos utilizados podrían aportar mayor bienestar si se dedicaran a paliar las posibles consecuencias del cambio de temperatura. Es necesario abrir la mente a opciones alternativas y compararlas rigurosamente entre sí. Porque un experto solo en clima no puede decidir alegremente el rumbo que debe tomar la humanidad, por muy apocalípticas que sean las predicciones de sus modelos matemáticos.  

La conclusión es que existe un fuerte obstáculo para el triunfo del enfoque racional: esta pandemia ha mostrado lo fácil que resulta manipular las emociones. Los políticos han descubierto que no es necesaria la discusión o el debate (de hecho, alegremente han paralizado o minimizado sus responsabilidades parlamentarias). 

Post Crónica 8: La solución se encuentra en el hemisferio sur

(Adaptación de un artículo aparecido en el Independent el pasado 19 de noviembre de 2021)

En un concurrido mercado de un barrio pobre a las afueras de Harare, cientos de personas sin mascarilla se empujan para comprar y vender frutas y verduras. En Zimbabwe el coronavirus está siendo relegado rápidamente al pasado: ya han regresado los mítines políticos, los conciertos y las reuniones en el hogar. Declara una paseante: "El COVID-19 se ha ido. ¿Cuándo escuchó por última vez de alguien que haya muerto de COVID-19? La mascarilla es para proteger mi bolsillo porque la policía exige sobornos si no me muevo con una". 

A principios de la semana 46 de 2021, Zimbabue registró solo 33 nuevos casos de COVID-19 y cero muertes, en línea con una caída reciente de la enfermedad en todo el continente, donde los datos de la Organización Mundial de la Salud muestran que las infecciones han disminuido desde julio.

Cuando apareció el coronavirus por primera vez el año pasado, los funcionarios de salud temían que la pandemia se extendiera por África y matara a millones de personas. Aunque todavía no está claro cuál será el costo final de la COVID-19, ese escenario catastrófico aún no se ha materializado ni en Zimbabwe ni en gran parte del continente africano. Los científicos enfatizan que obtener datos precisos del coronavirus, particularmente en países africanos donde la vigilancia irregular, resulta extremadamente difícil, y advierten que las tendencias decrecientes del coronavirus podrían revertirse fácilmente.


Pero hay algo misterioso que está sucediendo en África y es justamente lo que desconcierta a los científicos. Según Wafaa El-Sadr, presidente de salud global en la Universidad de Columbia, "África no tiene vacunas ni recursos para combatir el COVID-19, a diferencia de Europa y Estados Unidos, pero le está yendo mejor".

Menos del 6% de las personas en África están vacunadas. Durante meses, la OMS ha descrito a África como "una de las regiones menos afectadas del mundo" en sus informes semanales sobre pandemias. Algunos investigadores dicen que la población más joven del continente (la edad promedio es de 20 años frente a los 43 años en Europa occidental) y sus tasas más bajas de urbanización, así como la tendencia a pasar gran parte del tiempo al aire libre, puede haber evitado a África los efectos más letales del virus. Varios estudios están investigando si podría haber otras explicaciones, incluidas razones genéticas o exposición a otras enfermedades. Christian Happi, director del Centro Africano de Excelencia para la Genómica de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Redeemer en Nigeria, afirma que las autoridades están acostumbradas a frenar los brotes incluso sin vacunas y existen extensas redes de trabajadores comunitarios para la salud. "No siempre se trata de la cantidad de dinero que tenga o de lo sofisticados que sean sus hospitales".

Devi Sridhar, presidente de salud pública global de la Universidad de Edimburgo, afirma que los líderes africanos no han recibido el crédito que merecen por actuar con rapidez, citando la decisión de Mali de cerrar sus fronteras antes de que llegara el COVID-19. "Creo que hay un enfoque cultural diferente en África, donde estos países se han acercado a COVID con un sentido de humildad porque han experimentado plagas como el ébola, la poliomielitis y la malaria".

En los últimos meses, el coronavirus ha golpeado a Sudáfrica y se estima que ha matado a más de 89.000 personas, con mucho la mayor cantidad de muertes en todo el continente. Pero por ahora, las autoridades africanas, si bien reconocen que podría haber brechas, no informan de un gran número de muertes inesperadas que podrían estar relacionadas con COVID. Los datos de la OMS muestran que las muertes en África representan solo el 3% del total mundial. En comparación, las muertes en las Américas y Europa representan el 46% y el 29%.

En Nigeria, el país más poblado de África, el gobierno ha registrado casi 3.000 muertes hasta ahora entre sus 200 millones de habitantes. Estados Unidos registra muchas muertes cada dos o tres días. Estos bajos números hacen que nigerianos como Opemipo Are, 23 años, de Abuja, se sientan aliviados. "Dijeron que habría cadáveres en las calles y todo eso, pero no pasó nada de eso". Oyewale Tomori, un virólogo nigeriano que forma parte de varios grupos asesores de la OMS, sugirió que África tal vez ni siquiera necesite tantas vacunas como Occidente. Es una idea que, aunque controvertida, se está discutiendo seriamente entre los científicos africanos, y recuerda la propuesta que hicieron los funcionarios británicos en marzo pasado de permitir que COVID-19 infecte libremente a la población para desarrollar inmunidad.

lunes, 2 de agosto de 2021

Post Crónica 7: el Covid y la estrategia del miedo

La humanidad ha sufrido muchas pandemias; pero ninguna como la presente. Y no por la gravedad, sino por la singular manera de afrontarla. Desde la desaparición del telón de acero, Europa no había contemplado semejantes trabas a la circulación, incluso dentro de un mismo país. Ni el mundo tal supresión de derechos y libertades. En algunos lugares, como Australia, han llegado a amenazar con penas de cárcel a los ciudadanos que deseaban regresar a su propio país.

El presente desatino comenzó de forma improvisada con la aplicación de unas ideas novedosas, insólitas, impulsadas por grupos de expertos que señalaron la eliminación del virus como objetivo primordial. Al precio que fuera. Si antaño preocupaban los enfermos, hogaño el foco se desplazó al número de positivos (contagios), asintomáticos o no, algo desconcertante pues el riesgo de muerte por Covid de una persona de edad avanzada es mil veces superior al de una persona joven y sana. Pero la mística del PCR condujo a sumar ambos casos por igual, sin un tratamiento diferencial.

Librarnos definitivamente del virus parece un plan muy atractivo. Pero en la práctica desemboca en una perpetua búsqueda de un ilusorio El Dorado, una coartada para mantener indefinidamente las restricciones ante cualquier atisbo de un indicador que se descontrole. El virus ha venido para quedarse. Mucho más eficiente es adaptarse a él, vacunar a la población, crear suficiente inmunidad para que la enfermedad constituya un riesgo limitado. La perspectiva de eliminar los virus de la faz de la Tierra produce furor en ciertos colectivos.

Los intentos de erradicar gérmenes y causantes de enfermedades comenzaron en los años 50 del siglo XX, resultando todos infructuosos. Pero en 1980 tuvo lugar un éxito inesperado, el único hasta hoy: la erradicación del virus de la viruela. El director de la campaña, Donald Henderson, explicó que el virus reunía todas las condiciones favorables: no poseía reservorios animales, la enfermedad cursa siempre con síntomas perfectamente identificables, sin necesidad de pruebas, y existía una vacuna transportable sin refrigeración al lugar más recóndito, que garantizaba una inmunidad al 100% de por vida (obsérvese que el SAR-COV-2 no posee ninguna de estas cualidades).

Henderson declaró que no veía en el horizonte ningún otro germen susceptible de erradicación, que consideraba más razonable minimizar los daños de las enfermedades pues cualquier estrategia demasiado agresiva podría “comprometer los derechos humanos”. Había dado en el clavo: no es razonable intentar eliminar un virus si los daños causados a la sociedad van a ser superiores a los beneficios; mucho menos si la probabilidad de éxito es casi nula. También advirtió que aceptar acríticamente modelos matemáticos que no consideran los efectos adversos de las intervenciones públicas, “podría transformar una epidemia perfectamente manejable en un desastre nacional”. Henderson falleció en 2016 sin poder comprobar que sus temores estaban muy bien fundados. Mientras tanto, el éxito de la viruela había desencadenado una fiebre del oro, un hervidero de expertos buscando su propia mina, proponiendo a la OMS un sinfín de gérmenes como objetivo. Eliminar microorganismos se convirtió en una obsesión, sin considerar los costes económicos, sociales o políticos que podría generar cada intento. Quizá el atractivo de pasar a la historia como salvador de la humanidad se había tornado irresistible.

La gran mentira de esta pandemia ha sido pregonar que los confinamientos, las exageradas restricciones y el objetivo de suprimir el virus eran todas ellas medidas avaladas por la ciencia. Esto es absurdo: la ciencia no señala cuáles son las mejores políticas, ni establece fines, ni mucho menos sustituye a los ciudadanos en la toma de decisiones. Aunque algunos expertos esgrimieron la autoridad de la ciencia, sus propuestas no eran otra cosa que su opinión personal. Resultó fácil convencer a ciertos colectivos y vender esta idea a una sociedad infantilizada, sin principios sólidos, que detesta cualquier riesgo, busca la seguridad antes que la libertad y acepta difícilmente la existencia de la enfermedad y la muerte. Un recurso clave fue la difusión del miedo, pero también la construcción de un relato coherente con el imaginario del mundo actual, que conectase con las carencias de la gente y encajase en los mitos predominantes. Detrás de la fachada científica, los apóstoles del “Covid cero” predicaron sutilmente un relato del Apocalipsis cuya principal clave no era tanto el cataclismo, la penitencia, como “el día después”, el luminoso amanecer de la “nueva normalidad” donde “saldremos más fuertes”, aun con menos pertenencias, en un mundo más sostenible, más ordenado.

Muchas de las medidas adoptadas, y gran parte de las reacciones de la masa, son incoherentes, contradictorias. La percepción del riesgo ha acabado adquiriendo un fuerte componente moral. Escandaliza ver jóvenes celebrando en las calles, víctimas de una cepa muy contagiosa aunque poco mortífera. Muy pocos se rasgan las vestiduras por ayudar a una anciana vecina a subir la pesada compra, aunque este acto implique un riesgo infinitamente superior. El virus se contagia exactamente igual a cualquier hora, pero las actividades nocturnas escandalizan mucho más, quizá por considerarse más lúdicas y pecaminosas. De ahí los toques de queda que desesperadamente solicitan muchos prebostes.

Hay que desoír y rechazar con energía los cantos de sirena de quienes, por motivos diversos, van pregonando el Armagedón para mantener indefinidamente las medidas restrictivas. Una vez vacunados prácticamente todos los vulnerables, tal como ocurre en Europa, EEUU y otros países, la letalidad decae drásticamente hasta equipararse a la de otros gérmenes que conviven cotidianamente con nosotros. Si antes ya eran exageradas, las restricciones Covid constituyen ahora un sinsentido. Las mejores precauciones corresponden a la acción voluntaria y responsable de los ciudadanos.

Si algo ha demostrado este cataclismo es que la libertad y los derechos fundamentales no están garantizados en Occidente. Las convenciones que sostenían nuestros derechos y libertades han saltado por los aires a la primera arremetida del pánico. Aprovechando el temor de la población, las autoridades han rebasado ampliamente los límites que el sistema democrático establece para evitar que el poder se ejerza de manera tiránica o despótica. Se ha creado un gravísimo precedente.



sábado, 13 de marzo de 2021

Post Crónica 6: posiblemente esto se vaya acabando

Si usted observa el siguiente gráfico de incidencia del virus en varios países (señalados a la derecha), seguramente quede desconcertado:


Vayamos por partes. Hace un mes se alcanzó en Europa el pico de lo que se ha dado en llamar tercera ola de la pandemia. En la mayor parte de los países europeos se distinguen a la perfección tres picos: el primero entre marzo y abril de 2020, el segundo entre septiembre y octubre de 2020 y el tercero entre diciembre 2020 y enero 2021. Desde mediados de enero en todos los países de Europa los contagios empiezan a caer y las muertes, que van desacopladas con una semana de retraso, inician su descenso una semana más tarde.


Como se observa, en España, Francia o Reino Unido se han dibujado tres olas con similar cadencia. Alemania solo ha sentido dos olas, siendo un caso un tanto especial. 

Otro caso especial es Suecia, donde directamente decidieron elegir la inmunidad de grupo en lugar de los confinamientos masivos. En este país la segunda ola ha sido más prolongada y repuntó tras las navidades, pero sus cifras son mejores que en otros países sometidos a enclaustramientos e inmovilidad severos.

En países de menor tamaño se observa una primera ola suave, apenas perceptible, una segunda más fuerte y, en ciertos casos, como en Portugal, una tercera devastadora.


Grecia es caso aparte. No sufrió primera ola apenas, y la segunda y tercera son de mucha menor importancia que en países más ricos de su entorno.


En Irlanda la tercera ola ha sido muy dura, mientras que la primera y la segunda fueron suaves. 


En Italia más que de tres olas se puede hablar de dos. La segunda arrancó a mediados de octubre, tocó techo en noviembre y, desde ese momento, ha ido cediendo con ciertos leves repuntes.


En Estados Unidos la tercera ola ha sido mucho más duradera, pero igualmente el descenso de incidencias está siendo muy acusado.

Canadá, su país vecino al norte, observa el mismo comportamiento pero con números mucho más bajos.

Vayamos con Asia. Con los dos grandes y el surcoreano. India no tiene motivos para vivir bajo el estrés que impera en Occidente.

Corea del Sur lo tiene todo bien controlado.

En China, donde todo comenzó, la gráfica lineal comparativa apenas aporta información.

Sus buenos datos, de creérnoslos, porque ya sabemos cómo se las gasta el gigante asiático con la información, solo son perceptibles en la escala logarítmica.

Y en Latinoamérica miren lo que sucede:



Por decir algo, diríase que viven en una primera ola iniciada tras el verano septentrional que todavía perdura, pero con cifras que ya quisiéramos por estos pagos. 


La tasa de fallecimientos ha pasado de ser insostenible entre abril y noviembre de 2020, a una "comodidad" inferior al 2% en la mayoría de países (excepción hecha de México).

Si diseccionamos el mundo por continentes, veremos con claridad cómo Europa y América se han llevado la peor parte. Los países pobres de Asia y África apenas han tenido motivos para creer que una pandemia demoníaca estaba empeñada en diezmar a la población humana.


Todas las tendencias que se observan en marzo de 2021 invitan a pensar que la maldición que nos asola está tocando a su fin. Desde la última semana de enero es posible observar que tanto los contagios como los fallecimientos están cayendo de manera significativa en todo el mundo. No estamos ante un diente de sierra, sino ante una caída sostenida. En contagios diarios se ha pasado de los 844.000 del 7 de enero a los 289.000 de hace una semana, lo que supone una reducción del 65% en mes y medio. Si de aquí a la segunda semana de abril este ritmo se mantiene, se habrá bajado a unos 100.000 nuevos casos diarios en todo el mundo, lo cual son cifras de hace diez meses.

Algo con ello ha de ver que la seroprevalencia sea cada vez mayor en el mundo, que es lo que tiene que suceder con las pandemias conforme pasa el tiempo. En España ronda el 10% aunque es posible que sea más alta. Encontrarse con gente que ha pasado la Covid es cada vez más habitual, especialmente en ciudades muy castigadas como Madrid, Milán o Londres. En Madrid, un estudio de seroprevalencia a mediados de diciembre la situó en el 18,5%. No es arriesgado conjeturar que una cuarta parte de los madrileños ya han padecido la enfermedad. El virus va perdiendo huéspedes en los que reproducirse y seguir contagiando.

Ya veremos qué pasa con las vacunaciones.


Post Crónica 5: razones genéticas tras la Covid-19


La COVID Human Genetic Effort ha dado a conocer los resultados de un estudio donde se trata de explicar el desconcertante problema de por qué la COVID-19 a las personas de manera muy diferente. Aunque no suele ser asunto habitual en los comentarios, es sabido que algunas personas se recuperan rápidamente del virus, otras ni siquiera saben que lo tienen, y algunas enferman gravemente e incluso fallecen. 

Al parecer, una de las razones por las que algunas personas por lo demás sanas se enferman gravemente es la presencia de puntos problemáticos desconocidos en el sistema inmunológico que obstaculizan su capacidad para combatir el virus. Según los resultados hallados en cientos de personas de distintas razas infectados con COVID-19 potencialmente mortal, un pequeño porcentaje de quienes sufren los síntomas más graves portan mutaciones raras en genes que alteran sus defensas antivirales. Otro 10% con COVID-19 grave produce "autoanticuerpos" que deshabilitan erróneamente una parte del sistema inmunológico en lugar de atacar al virus.

En todos los casos, el resultado es el mismo: el cuerpo tiene problemas para defenderse del SARS-CoV-2, el coronavirus que causa el COVID-19. La razón biológica es que no hay suficiente variedad de proteínas de señalización, los interferones de tipo I, cruciales para detectar virus peligrosos y hacer sonar la alarma para prevenir enfermedades graves.

Esta investigación ha sido dirigida desde el Instituto Médico Howard Hughes y la Universidad Rockefeller de Nueva York. El equipo de trabajo comenzó a estudiar a personas infectadas con COVID-19, particularmente adultos jóvenes, para determinar si las debilidades inherentes de su sistema inmunológico podían explicar su vulnerabilidad al virus a pesar de ser jóvenes y saludables. Con referencia a hallazgos anteriores en otras enfermedades infecciosas, el equipo científico estaba especialmente interesado ​​en un conjunto de 13 genes involucrados en la inmunidad impulsada por interferón.

En su primer estudio, publicado en la revista Science, los investigadores compararon este conjunto de genes en 659 pacientes con COVID-19 potencialmente mortal con los mismos genes en 534 personas con COVID-19 leve o asintomático. Resultó que 23 de ellos, el 3,5% de las personas con COVID-19 grave, portaban mutaciones raras en genes implicados en la producción de interferones antivirales. Esas aberraciones inusuales nunca aparecieron en personas con enfermedades más leves. Los investigadores continuaron demostrando en estudios de laboratorio que esos errores genéticos dejan a las células humanas más vulnerables a la infección por SARS-CoV-2.

El descubrimiento resultó intrigante, pero dada la rareza de las mutaciones víricas, no explicaba la mayoría de los casos de COVID-19 severo. Por ese motivo, otra de las ideas manejadas por los científicos fue determinar si resultaba cierta la hipótesis de que quizás ciertos pacientes de COVID-19 grave también carecen de interferones por diferentes razones. 

En un segundo estudio, publicado también en Science, los investigadores encontraron que 101 de 987 pacientes (más del 10%) de todo el mundo con COVID-19 potencialmente mortal producían anticuerpos rebeldes que paralizaban sus propias defensas antivirales. En el torrente sanguíneo de estos individuos se detectaron autoanticuerpos contra una variedad de proteínas de interferón. Esos anticuerpos, que bloquean la actividad antiviral de los interferones, no se encontraron en personas con casos más leves de COVID-19.

Curiosamente, la gran mayoría de los pacientes con esos anticuerpos dañinos eran hombres. Los hallazgos podrían ayudar a explicar la observación de que los hombres tienen un mayor riesgo que las mujeres de desarrollar COVID-19 grave. Los pacientes con autoanticuerpos también eran un poco mayores, con aproximadamente la mitad mayores de 65 años.

Quedan aún muchas preguntas abiertas. Por ejemplo, todavía no está claro qué impulsa la producción de esos autoanticuerpos debilitantes. ¿Puede haber más mutaciones en genes relacionados con la defensa antiviral que los investigadores aún no han descubierto? ¿Es posible que el tratamiento con interferón pueda ayudar a algunas personas con COVID-19 grave? Dicho tratamiento puede resultar difícil en pacientes con autoanticuerpos, aunque ya se están realizando algunos ensayos clínicos para explorar esta posibilidad.

Los hallazgos, si se confirman, tienen algunas implicaciones potencialmente inmediatas. Es posible que la detección de la presencia de autoanticuerpos dañinos en los pacientes ayude a identificar a los que tienen un mayor riesgo de progresar a una enfermedad grave. Los tratamientos para eliminar esos anticuerpos del torrente sanguíneo o para estimular las defensas antivirales de otras formas también pueden ayudar. Idealmente, sería una buena idea asegurarse de que el plasma convaleciente donado que ahora se está probando en ensayos clínicos como tratamiento para el COVID-19 grave no contenga esos autoanticuerpos disruptivos.


viernes, 18 de diciembre de 2020

Post Crónica 4: lo muy culpables que somos

El problema de colocar umbrales, esos niveles que alertan sobre lo mal (o bien) que van las cosas, estriba en su arbitrariedad. ¡Leñe!, me dirán, no es arbitrario señalar que por encima de 37,5 grados centígrados tenemos fiebre: ¿acaso quiere usted decirnos que deberíamos hablar de fiebre a partir de 39? No, no quiero decir eso. Pero sí lo siguiente: entre 37,5 y 37,4 hay una diferencia de 0,1 grados, que representa solo un 0,26% de diferencia, presumiblemente muy por debajo del error de la mayoría de termómetros que tenemos en casa. Cuando Sanidad colocó el umbral del colesterol "malo" en 200 mg/dL en lugar de 240 mg/dL, de la noche a la mañana en España había 8 millones de enfermos más de colesterol (menudo negocio para las farmacéuticas). 

La OMS establece como límite de control de la pandemia el umbral de 100 contagios por cien mil habitantes. En España, desde el pasado mes de agosto, la tasa es superior a dicho umbral. En algunos meses, incluso muy superior: terriblemente superior. Las razones del subidón eran claras. Una vez que se nos permitía salir de casa y relacionarnos los unos con los otros, como yo os he relacionado, el virus campante seguiría infectando a un ritmo feliz ante la felicidad de mundo que había creído los mensajes del Gobierno: el virus ha sido derrotado. Y no. Simplemente se había reducido la tasa de contagio. 

Las consecuencias de los contagios han sido miles de veces explicadas: aumentan los enfermos (pero no enferman todos los contagiados), aumentan los ingresos hospitalarios (pero no todos los enfermos necesitan ingresar en un hospital), aumentan los ingresos en UCIs (pero no todos los hospitalizados acaban en la UCI) y aumentan las muertes (pero no todos los contagios acaban en muerte). Controlar las infecciones es una manera efectiva de cortar el encadenamiento de sucesos: pero no lo impide. Y hay diversas maneras de efectuar dicho control: una es meternos a todos en casa, pero ya sabemos lo que eso significa (pobreza, paro, ERTEs, EREs, miseria, colas en Cáritas, etc.). Otra es aumentar los mecanismos de rastreo y mejorar la rapidez del diagnóstico (rastreadores, PCRs). La tercera pasa por mejorar los sistemas hospitalarios, pero seguramente sea la reacción más costosa en tiempo y dinero. Y tiempo es lo que escasea más (dinero también, pero porque el mucho que tenemos lo empleamos en cuestiones estériles).

Sin embargo, todo ello, que corresponde a las responsabilidades de los gobiernos, precisa de dos cosas: tiempo para que dé resultado y un comportamiento predecible de la pandemia. El coronavirus es un tremendo enemigo, no porque mate mucho y bien, porque mata poco y mal en comparación con otros virus verdaderamente terribles, sino porque se ceba con las personas de una manera errática y la infección plantea numerosos modus operandi. Por tanto, se trata de un virus al que los gobiernos no pueden poner freno, y mucho me temo que ni siquiera las apresuradas vacunas (muy innovadoras, no se había probado lo de tratar de confundir al cuerpo inoculando ARNs parecidos al del virus, ya veremos cómo sale el asunto) pondrán coto con la urgencia que todos ya celebran. Y si los gobiernos no pueden impedir ni los contagios ni las muertes, y lo que ponen en liza para frenar o paliar la pandemia es insuficiente (cosa razonable en un planeta con siete mil millones de personas viviendo en él), ¿qué pueden hacer? El ejercicio de la propaganda.

La propaganda empieza por decir que los culpables de que haya infectados y muertes somos nosotros. Primero culparon a los jóvenes y los botellones de su fracaso. Ahora dispararan contra los puentes (pese a impedir la movilidad territorial) y la Navidad. Aún no hemos cerrado la segunda ola y ya estamos enfrentando el temor de la tercera. Por cierto, si no se han percatado, el virus no ha venido por oleadas: él ya estaba ahí. Han sido los contagios los que han seguido, fielmente, el patrón de las restricciones de movilidad. La cuestión es que el virus no afecte a la imagen del Ejecutivo. Y nada mejor que atribuir a los imprudentes ciudadanos la responsabilidad de que lo peor acabe sucediendo. Cuando las infecciones bajan, las causas son las buenas políticas gubernamentales (salvo en Madrid, que es por la suerte). Cuando suben, porque somos imprudentes e inconscientes. 

Desde enero, o marzo, nos estamos dejando llevar por el miedo en todo lo que refiere al virus. Es posible que la relación que tenemos con la muerte haya variado tanto en cien años que nos hemos acostumbrado a que uno solo se puede morir de pronto, como los andaluces. Es en ese miedo donde se justifican estupideces como la de un informe infame del Max Planck alemán diciendo que las navidades aumentan en un 59% el riesgo de contagio. Qué ganas tienen algunos científicos de enredarse en las mendacidades propagandísticas de los gobiernos. 






viernes, 27 de noviembre de 2020

Post Crónica 3: la larga etapa de reconducción al Gulag

Esto del buen pasar y el vivir bien de las últimas décadas permitía no pensar en otra cosa que la propia satisfacción personal. El mundo globalizado sugiere que las personas somos hormiguitas pertenecientes a un orden mayor, bastante difuso, en el que os gobiernos se ocupan de la salud y la educación, principalmente (y en debates interminables), la Unión Europea de la economía, el déficit y la prima de riesgo, y los yanquis de defendernos. 

Con el apocalipsis coronavírico llegaron el desconcierto y la irritación. Los muchos muertos por habitante y las mascarillas que, primero, escaseaban y, después, menudeaban por doquier, condujo a que el sistema de salud envidiado por todo el mundo y al que ningún virus podría poner en apuros, porque estábamos bien preparados y no había motivo de preocupación (Simón dixit), resultase un suflé despanzurrado.

Los periódicos, aburridos de contar siempre lo mismo, y sus articulistas, descubrieron que se puede recuperar aquella definición de ser vivo como entidad que nace, crece, se desarrolla y muere. Morimos, sí, y no porque la inmensa mole administrativa del Estado no haya servido de casi nada o porque el Gobierno haya manifestado una torpeza e incompetencia infinitas, sino porque somos seres sin asomo de inmortalidad en nuestras células. Como bien sabe el virus. 

Lo del Gobierno ha sido un escándalo porque, sin disponer de instrumentos ni casi conocimientos, pues lo ignoraba casi todo, se dedicó con ahínco a no dejar preguntas sin respuesta. Cuando los necios enseñan, el caos y los disparates tornan inevitables.

Ahora que ha pasado la primera ola (esto de la metáfora marina tiene su aquél), nos encontramos en un escenario en el que tampoco podemos impedir la ineficiencia y el despilfarro. Se habla de cientos de miles de millones de gasto, de inversiones y subsidios, de planes que aún no están ni pensados pero sí convenientemente financiados, y todo ello con la mirada enternecida de la Unión Europea, a quien de repente ya no importan ni la estabilidad ni la convergencia, tan premiosas como eran. Ni siquiera nos avergüenza dedicar 30.000 millones al año (el 40% del gasto en Sanidad) a pagar los intereses generados por la deuda, y mucho menos aún contemplar un futuro donde la deuda se disparará aún más porque lo que se nos viene encima se llama paro y destrucción del sistema productivo. Lo que quede, será esquilmado a impuestos, puesto que eso de ser austeros y gastar con cabeza no entra en las testas de nuestros próceres. Y, entre medias, el control de las noticias, la desmembración del Estado, la ascensión de los destructores de naciones, la política de bloques, la extinción de los controles administrativos.

Bienvenidos sean al Gulag.




Post Crónica 2: avances en la comprensión de los mecanismos de infección del SARS-COV-2

Qué duda cabe, durante todo 2020 se ha investigado con gran intensidad sobre cuáles son los mecanismos de infección de la COVID-19 y, en consecuencia, poder derivar sus posibles tratamientos. La gran diana es el recubrimiento de proteínas S (spike) de la envuelta lipídica del virión que le da a esta familia el nombre de Coronaviridae y que tiene una similitud del 77% con la del virus del


Actualmente sabemos que COVID-19 utiliza su proteína S (spike) a modo de llave maestra para unirse a la proteína humana ACE-2 provocando la fusión de las membranas del virión y la célula. Respecto a la proteína humana ACE-2, sabíamos con anterioridad que se expresaba en corazón, riñón y testículos, pero posteriormente se ha encontrado en las células del epitelio respiratorio e intestino delgado entre otros. Esta proteína humana está implicada en la regulación del sistema renina-angiotensina-aldosterona y algunas de sus funciones son controlar la presión sanguínea, el volumen extracelular y los niveles de sodio-potasio.

Existe una proteína multifuncional, la GRP-78, que también se encuentra en la membrana celular y que constituye una ruta desconocida en la COVID-19, aunque no en el virus del papiloma humano. Esta proteína podría ser prometedora en la reducción de la tasa de infección viral según apuntan algunos estudios.

La Furina es otra proteína humana presente en numerosos tejidos que también parece ayudar a la COVID-19 para infectar las células de pulmones, glándulas, hígado, riñones y colon al activar un lugar de unión de su proteína S19. La furina estuvo previamente implicada en las infecciones por MERS-CoV.

El CD147 es un receptor proteico de membrana del que se sabe realmente poco en relación con la COVID-19 y que podría constituir una línea de investigación futura por haberse demostrado que facilitó la infección en el SARS-CoV y el VIH.

Cuando el ministro de salud francés, Olivier Véran, en su cuenta de Twitter recomendaba no tomar antiinflamatorios como el ibuprofeno, se abrió la caja de los truenos. En ella aseguraba que algunos antinflamatorios podían empeorar la infección provocada por los viriones de COVID-19. Una afirmación que podría deberse al aumento de la presencia de ACE-2 en las células humanas provocado por dichos fármacos, lo cual podría ser un factor de riesgo añadido en pacientes con enfermedad cardiaca, diabetes o hipertensión que ya de por sí tienen niveles de ACE-2 más elevados por su tratamiento. Además, con el ibuprofeno en tela de juicio, encontramos información en su prospecto de que puede enmascarar ciertas infecciones al ocultar la fiebre, o en casos raros disminuir los niveles de glóbulos blancos en la sangre.

Es de vital importancia comprender que, con la bibliografía disponible, podemos confirmar que los antiinflamatorios no estereoideos aumentan la presencia de la proteína ACE-2 que utiliza el virión para infectar células humanas, pero no disponemos de evidencia para establecer una relación causal entre el agravamiento de la enfermedad y el uso de ibuprofeno.

Algunos autores han investigado los efectos de inhibidores de ACE-2 con la esperanza de que pueda disminuir la infección por COVID-19. Un estudio de recolección de datos en el Hospital de Wuhan Nº 7 observó los efectos de tomar inhibidores de ACE-2 y el agravamiento o mejoría de la enfermedad. Sin embargo, no se hallaron diferencias significativas. Un resultado desesperanzador que tal vez se deba a la complejidad de los procedimientos clínicos y sus interrelaciones, a las rutas alternativas de infección de COVID-19 o a la ineficacia de los propios inhibidores.

Otros autores en estudios in vitro con células de primate obtuvieron resultados prometedores con cloroquina, un fármaco que tiene efecto protector y terapéutico y que actúa modificando la proteína ACE-2, dificultando a la proteína S del virus realizar su letal unión, así como elevando el PH de los endosomas, unos cuerpos esféricos de almacenamiento que se encuentran en el interior celular. Sin embargo, su eficacia ha sido puesta en tela de juicio en estudios posteriores, sin que se se haya descartado por completo su estudio.

Otro tratamiento en investigación es la lactoferrina, una proteína secuestradora de hierro que se encuentra principalmente en la leche materna, las lágrimas y las secreciones intestinales que constituye la primera línea de defensa del huésped. Su capacidad para interaccionar con la proteína HA (hemaglutinina) de algunos subtipos del virus de la influenza A, resultan prometedores al inhibir la fase temprana de la infección mediante un proceso de estabilización de la proteína del virus que, al no poder cambiar de conformación, es incapaz de iniciar la infección. También mejora la respuesta contra el virus del SARS de las células asesinas naturales (NK), un tipo de linfocitos que elimina células infectadas y cancerosas, así como los agregados y la adhesión de los neutrófilos.

Lo que sí está claro, y debe tomarse en consideración, es que la unión de la proteína S de COVID-19 con ACE-2 es más fuerte que la del virus del SARS, lo que aumenta el interés en bloquear esta proteína de múltiples dianas en futuros tratamientos, vacunas o terapias.


viernes, 13 de noviembre de 2020

Post Crónica 1: el milagro de Madrid

En 1995 las nubes vertieron una impresionante tromba de agua y granizo sobre Madrid. Llovió intensamente hasta pasada la medianoche. El río Manzanares se desbordó. Hubo cientos de accidentes de tráfico. Se inundaron pisos bajos y portales a miles por toda la ciudad. Cientos de personas quedaron atrapadas durante horas en el Parque de Atracciones. Una mujer joven fue arrastrada por la riada y falleció. En 2009, el Canal de Isabel II concluyó las obras del depósito subterráneo localizado en el Club de Campo, uno de los mayores depósitos de tormentas del mundo, unido a una red de más de 60 depósitos similares por toda la región. Recogen las primeras aguas cuando sobre Madrid llueve con fuerza y que suelen arrastrar aceites, excrementos, botellas, hojas, basura general. Evitan el desbordamiento del Manzanares por falta de capacidad y almacenan las primeras aguas fuertemente contaminadas para evitar que las depuradoras de Madrid vean sobrepasada su capacidad operativa.  Los 80 litros por metro cuadrado que cayeron sobre Madrid en junio de 1995 se concentraron en poco más de dos horas. En el minuto máximo de la tromba, la precipitación fue de 15 litros por metro cuadrado. Este minuto fue la causa del colapso de las infraestructuras de transporte y el desbordamiento del Manzanares.

A finales de febrero y principios de marzo de este año 2020, en todos los hospitales de varias regiones españolas, y particularmente en Madrid, se registraron avalanchas de pacientes gravemente enfermos, con cuadros de neumonía bilateral provocada por un nuevo virus, el SARS-CoV-2, del que se habían tenido noticias procedentes de China en enero. De este virus se contaba que estaba provocando un infierno sanitario en Lombardía desde la segunda mitad de febrero. Los pacientes fueron agolpándose en cantidades exponencialmente crecientes, llegando a ingresar varios miles diariamente a finales de marzo. Tal avalancha de enfermos sobrecargó las infraestructuras hospitalarias hasta el punto de que más del 100% de las camas en Madrid estuvieron ocupadas por pacientes con Covid, incluidas el millar de UCIs disponibles.

De igual modo a como sucede con las riadas, el verdadero problema de aquellos días, y lo que llevó al colapso a los hospitales, no fue el número total de enfermos, sino la concentración en el tiempo de sus ingresos, que resultó exponencialmente creciente. La Covid-19 genera cuadros de neumonía que requieren varios días o incluso semanas de hospitalización en los casos leves, periodos más largos (de varios meses) en los casos graves, e incluso en quienes provoca el fallecimiento suelen pasar entre dos y cuatro semanas hasta el fatal desenlace. Los ingresos hospitalarios se producían por decenas, cintos, y miles de pacientes graves diarios sin que se produjesen apenas altas. No daba tiempo a que los enfermos se curasen (o falleciesen). Esta riada de enfermos carecía, por ello, de desagüe. Si el virus hubiese sido mucho más letal, como el SARS, paradójicamente se hubiera producido una situación mucho más llevadera en los hospitales (aunque no en las morgues). Las autoridades debieron habilitar infraestructuras UCI improvisadas en pocos días o semanas.

Aquella riada pasó. Pero entre finales de julio y principios de agosto, tras seis semanas de calma casi absoluta, se empezó a detectar de nuevo un significativo incremento en el número de casos positivos por Covid que se trasladó poco después a cifras de ingresos diarios. El coronavirus atacaba de nuevo. Las autoridades de la Comunidad de Madrid reaccionaron con diversas medidas. El 20 de agosto cerraron el ocio nocturno. El 7 de septiembre limitaron las reuniones en el ámbito público y privado a un máximo de diez personas no convivientes, reduciendo aforos para oficios religiosos, celebraciones, entierros y velatorios, y suspendiendo los espectáculos taurinos. Invirtieron en una campaña de concienciación, se endurecieron las condiciones de distancias mínimas en la hostelería y anunciaron la adquisición de dos millones de test rápidos de antígenos. El 21 de septiembre se redujeron las reuniones en el ámbito público y privado a un máximo de seis personas no convivientes, y se limitaron los horarios de la hostelería para toda la comunidad, restringiendo la movilidad de los ciudadanos de las Zonas Básicas de Salud (ZBS) más afectadas, así como los horarios y aforos de manera especial en dichas zonas. 

Bien como resultado de estas medidas restrictivas, bien porque durante agosto la población de la Comunidad de Madrid es sensiblemente inferior a la habitual, bien porque un importante porcentaje de la población madrileña hubiera pasado la enfermedad durante la riada de marzo y retuviese inmunidad total o parcial, bien por el uso de mascarillas y las medidas de distanciamiento físico, bien por el uso masivo de los test de antígenos para la detección y aislamiento rápidos de los individuos infectados y con ello la interrupción de las cadenas de transmisión de la enfermedad, bien por la combinación de todas esas razones e incluso por otras, la segunda ola en Madrid demuestra dos hechos indiscutibles.

Uno. Los nuevos ingresos hospitalarios diarios aumentan de una forma mucho más suave que en el me de marzo. Esto permite que las altas médicas ayuden a ralentizar el ritmo de ocupación hospitalaria. No solo se evita el colapso sino que no se llegan a alcanzar los preocupantes niveles de tiempo atrás. En el momento de máxima carga, entre finales de septiembre y principios de octubre, han estado ocupadas unas 3.300 camas en planta y 500 en UCI, lo que representa el 20% y el 45% respectivamente de los máximos de capacidad en la Comunidad de Madrid (capacidad prepandémica). Además, el ISabel Zendal, construido en tiempo récord, suple las funciones de "tanque de tormentas" y entre sus funciones se encuentra servir de recurso sanitario de emergencia para nuevas tragedias, ya sean por Covid, por otras enfermedades infecciosas o por cualesquier otras razones.

Dos. El máximo de casos positivos detectados en la segunda ola se alcanzó a mediados de septiembre. Unos pocos días más tarde se alcanzó el máximo de ingresos diarios. La máxima ocupación hospitalaria se produce a finales de septiembre. Desde entonces, y hasta este momento, puede percibirse un retroceso evidente de la Covid, reflejado en una caída superior al 40% en los ingresos diarios en los hospitales, casi un 40% en el total de camas ocupadas en planta y más de un 10% en UCI. Estos datos evidencian el capricho político que supuso imponer un estado de alarma exclusivo para Madrid en un momento (el 9 de octubre) en que la epidemia en esta comunidad se encontraba en descenso y el patetismo intento gubernamental por atribuirse esa mejoría. Desde ese momento, de máximos, han transcurrido más de seis semanas y Madrid ha estado moviéndose en niveles de Incidencia Acumulada a 14 días de alrededor de 350 casos por 100.000 habitantes. Estos datos son a día de hoy la envidia de casi toda Europa y de todo el resto de España, pero en aquel momento se consideraban merecedores de la máxima alerta posible e incompatibles con una vida social mínimamente normal. Conviene advertir que se están consiguiendo con las menores restricciones sociales y económicas que se han impuesto en casi todas las comunidades autónomas españolas (salvo Canarias) y en la mayoría de las grandes urbes europeas. Es así porque, aunque el caudal de pacientes sigue siendo muy alto (más de doscientos enfermos ingresan cada día por Covid en Madrid), el crecimiento del mismo no está siendo exponencial durante esta segunda ola, permitiendo que el flujo de enfermos entrante se vea compensado por las altas hospitalarias.

No existe, por tanto, un "milagro de Madrid". Los pacientes se han infectado paulatinamente, pero no torrencialmente. Las medidas restrictivas adoptadas progresivamente, el uso masivo de test de antígenos para cortar las cadenas de transmisión, el enfoque quirúrgico de las restricciones de la actividad social (restricciones por ZBS) y posiblemente la mayor inmunidad adquirida por la población madrileña tras el azote de la primera ola, han permitido estabilizar e incluso reducir el flujo de enfermos en los hospitales. Este "milagro" demuestra con claridad que son mucho más importantes las tendencias que los valores absolutos de contagios, algo que en este blog venimos repitiendo desde el principio.