sábado, 27 de noviembre de 2021

Post Crónica 11: Covidiotas y hechos probados

Real Academia Española. Diccionario histórico de la lengua española. Covidiota: persona que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid.

Yo pienso que un covidiota es otra cosa, pero a mí no me han preguntado. 

Veamos lo que dicen algunos expertos en respaldo del concepto:

  • Pier Luigi Lopalco (epidemiólogo italiano): "Que esta Navidad no se invite a familiares y amigos no vacunados". Pero el año pasado sí tuvimos trato con quienes no estaban vacunados porque, sencillamente, no había vacunas. ¿Por qué este año hay riesgo y el año pasado no lo había si se tomaban las precauciones debidas? 
  • Luis Enjuanes (virólogo español): "Que la Seguridad Social no atienda a los no vacunados". Tampoco debería atender la Seguridad Social a los pacientes de cáncer de pulmón por haber fumado y quienes tengan esguinces por haber jugado al tenis.
  • Miguel Sebastián (ex ministro y economista español): "El que está vacunado también puede transmitir el covid. Eso es correcto. Pero (con el pasaporte Covid) se trata de hacerles la vida imposible a los que no se quieren vacunar". Luego se admite que los vacunados pueden seguir contagiando y se concluye que el peligro son los no vacunados. Curioso. Y si la finalidad de las vacunas no es impedir el contagio sino en atenuar los síntomas, ¿de dónde viene el miedo a ser contagiados? ¿No habrían de ser los no vacunados quienes más activamente adoptasen precauciones? 

Si atendemos a lo que han publicado algunas instituciones científicas al respecto de todo lo anterior, parece incuestionable que los vacunados no habrían de constituirse en representantes del miedo:

  • The New England Journal of Medicine publicó el 11 de febrero de 2021 un minucioso estudio cuyas conclusiones consistieron en que "la presencia de anticuerpos IgG está asociada a una reducción notable de reinfecciones por SARS-CoV-2 al menos durante seis meses" y "las reinfecciones de SARS-CoV-2 han sido muy pocas, la mayoría de ellas tras una primera infección asintomática o leve, lo que sugiere que pasar la enfermedad provee inmunidad contra la reinfección en la mayoría de las personas".
  • Cold Spring Harbor Laboratory publicó el 11 de octubre de 2021 un estudio que concluye que "los datos sugieren que la inmunidad antiviral específica, especialmente las células de memoria B en personas que hayan padecido la covid-19, es muy duradera y de alta intensidad durante al menos de seis a ocho meses".
  • The Lancet ha publicado el 8 de noviembre un artículo compendiador de numerosos estudios biológicos, epidemiológicos y clínicos que evidencian que quienes han pasado la enfermedad tienen bajos índices de reinfección, reduciéndose entre un 80,5 y un 100% el riesgo de contraer nuevamente la enfermedad.  
  • La Cleveland Clinic ha demostrado que la incidencia covid en quienes no han pasado la enfermedad era de 4,3 personas por cada cien, mientras que quienes habían contraído el covid dicho índice caía al 0%. 
  • Una investigación austríaca ha evidenciado que la frecuencia de hospitalización por una segunda infección es de cinco personas por cada 14.840, es decir, un 0,03%. Y la de fallecimientos, de uno por cada 14.840, un 0,01%.

Mucho me temo que hay muchos más idiotas en este asunto del covid y que no solo hay que apuntar a quienes profesan determinadas creencias extremas (porque creencias extremas las hay en ambos lados del río).




viernes, 26 de noviembre de 2021

Post Crónica 10: La guerra que estalló del virus

Cementerios vacíos de público por la covid, no de cadáveres que son sepultados prácticamente en soledad (aunque no les importa ya, es solo dolor para los que siguen con sus vidas). Tanatorios colapsados. Residencias geriátricas convertidas en cementerios. Durante unos meses la muerte, una de las primeras manifestaciones de cualquier enfermedad vírica desconocida hasta ese momento por la humanidad, asoló implacable el planeta, pero especialmente algunos países: el nuestro el primero.

Año y medio más tarde, el plan de rescate a las economías europeas se destina, sin pudor alguno, a engordar la red clientelar del Estado, no a remediar los destrozos de la pandemia. Año y medio más tarde, el director general de la OMS sigue culpando a "la falsa sensación de seguridad de los europeos" el aumento de los contagios tras cada ola. 

Alguien pensó, ilusamente, que derrotaríamos a este virus. En realidad, infinidad de álguienes lo pensaron. La propaganda resultaba útil para reforzar la descalabrada seguridad de una población enclenque e inculta, incapaz de soportar que la gente muera de enfermedad o los volcanes erupcionen. La gripe que hasta no hace tanto tiempo causaba trescientos mil muertos al año en nuestro país, es evolución de aquella gripe española de primeros del siglo XX que se llevó por delante a cuarenta millones de personas en todo el mundo, veinte veces más que este coronavirus. Pero los refuerzos racionales no se escuchan porque vivimos sentimentalizados hasta la náusea. A mí no me apena que muera un octogenario, mucho menos un nonagenario (mi padre se quedó en septuagenario y mi madre apenas pervivió un par de años tras ser octogenaria). Me apena el dolor de sus familiares en caso de conocerlos, pero de manera limitada porque la vida es muerte y la muerte ha sido antes vida. Quien quiera drogarse con el libelo de la vida perpetua y que uno es joven hasta cuando tiene cien años porque la juventud se encuentra en el espíritu, es libre de hacerlo. Hay muchas maneras de ser estúpido en la vida, no solo en los negocios. No es estupidez pensar que las vacunas son efectivas el ciento por ciento y para siempre. Es solo incultura y se soluciona leyendo y dejando de ver a los salvados y a los que miran cómo cantan y a los cocineros máster. 

Otra evidencia más de cómo la maldad humana causa estragos en tiempos revueltos, como este, lo encontramos en las despiadadas campañas contra quienes entienden que nos están engañando a todos como a no-chinos, y en esta categoría hay muchas clases, desde el que piensa que todo es un timo, al que encuentra ilógico lo que unos proclaman y luego realizan, pasando por quien sospecha que detrás de todo se encuentra Spectra. Pero como chivo expiatorio son inexcusables y sirven tontamente al objetivo artero de los gobiernos y grupos de presión para que nadie cuestione las decisiones que toman, sean buenas o malas. 

Y mientras tanto, la gente sufre por una economía que se viene abajo, apuntalada tan solo por los bancos centrales. Eso sí, las sedes sindicales, los separatismos y vaya usted a saber quién más, se verán regados con los fondos europeos diseñados para paliar los desastres de una guerra que antes ha servido de excusa que de lamento.



martes, 23 de noviembre de 2021

Post Crónica 9: pandemia y cambio climático, unidos en la paranoia

Uno de los fenómenos más llamativos de esta pandemia ha sido el mayoritario apoyo de la población a las medidas adoptadas por los gobiernos. Donde se aplicaron estrictos confinamientos, prohibiciones y recortes de derechos y libertades el respaldo popular fue masivo. Sin embargo, en países como Suecia, con medidas muy suaves, prácticamente recomendaciones, las encuestas también mostraron una aprobación similar. Entonces, ¿la masa aclama cualquier estrategia frente a la pandemia, sin importar cuál sea, sin capacidad de crítica? .

Una explicación advierte que la intensidad de las restricciones constituye la referencia básica que utiliza la mayoría de las personas para evaluar el peligro que entraña una enfermedad. En los países donde las medidas son extremas, la gente sobreestima el riesgo personal y muchos acaban desarrollando comportamientos paranoicos: evitan salir de casa o acercarse a nadie, desinfectan de manera compulsiva o utilizan permanentemente mascarilla incluso cuando la inmensa mayoría está vacunada. Por el contrario, donde las medidas son más laxas y focalizadas en los grupos vulnerables, la población percibe un riesgo mucho más moderado sin mostrar paranoias. Al final, en unos y otros países la mortalidad ha acabado siendo similar, pero el imaginario de la población es muy distinto y se encuentra anclado a la reacción de cada gobierno.

El confinamiento tiende a narcotizar el pensamiento racional, fomentando una extremada obsesión a eliminar los contagios a cualquier precio, aunque sean leves o asintomáticos, como si el aumento de la mortalidad en otras enfermedades, el deterioro de la salud mental, el menoscabo de la socialización, la pobreza o la pérdida de empleo fuesen problemas propios de un universo paralelo. La población apoya las medidas draconianas porque juzga la enfermedad extraordinariamente peligrosa pero, al mismo tiempo, esta percepción de riesgo extremo proviene de la radicalidad de las medidas adoptadas. Es un círculo vicioso que convierte las restricciones en la profecía que se cumple a sí misma.   

Se da la circunstancia de que, quienes así piensan, manifiestan una excesiva desmedida en sus gobernantes y una alarmante carencia de criterio propio. Si supieran que los gobiernos no se han distinguido por tomar decisiones con un criterio firme y que para afrontar esta pandemia se limitaron a copiar unos a otros lo que se les ocurría a cada momento, seguramente buscarían mejores puntos de referencia para valorar el riesgo.



El miedo al Covid es de una asimetría abismal: se dispara con rapidez y se apacigua con extrema lentitud al levantarse las prohibiciones (en física este fenómeno es conocido como histéresis o persistencia). Como no hay interruptor que apague instantáneamente el pánico, la retirada de las restricciones tiende a ser muy lenta y gradual, largamente diferida en el tiempo, en parte por la reticencia del propio público, y es habitual que se produzcan marchas atrás que vuelven a avivar el miedo y a prolongar todavía más la percepción de excepcionalidad. Así, aunque la pandemia sanitaria finalice, la sensación pandémica resulta interminable.  

Todos estos mecanismos perversos operan también en las políticas para combatir el cambio climático. Cuanto más radicales, costosas y perjudiciales son dichas políticas, cuanto más onerosos los acuerdos internacionales, más monstruosas parecen las consecuencias del calentamiento en la fantasía del público. Y más unidimensional se vuelve su percepción. La crisis energética, las tarifas eléctricas desmedidas o el estancamiento económico parecen pertenecer, de nuevo, a otro universo distinto, desconectado, completamente eclipsado por la amenaza del apocalipsis climático, una profecía que también posee su propia pasarela de santos y videntes.

Ni la pandemia ni el cambio climático han sido afrontados de manera racional sino impulsiva. Ha predominado una visión parcial y dogmática que solo acepta un único camino, desdeñando los daños colaterales que las medidas pudieran causar. Esta fijación obsesiva de los gobiernos en un único propósito, ya sea la eliminación de los contagios a cualquier precio o la cancelación absoluta de las emisiones de carbono, impide abrir la mente a otras alternativas que podrían ser más adecuadas para la sociedad. Y lo cierto es que la realidad siempre permite siempre varias opciones y escuchar varios puntos de vista favorece la vía racional. Así, la decisión de confinar a la población basándose en los consejos de famosos epidemiólogos ha acarreado consecuencias sociales devastadoras en prácticamente todo el planeta, porque las restricciones rebasan ampliamente los conocimientos de tales expertos. Los epidemiólogos quizá comprendieran la dinámica de los contagios, pero desconocían la magnitud de los daños y sufrimientos que causan los confinamientos que aconsejaban: incremento de otras mortalidades, aumento de los trastornos mentales, deficiente aprendizaje de los niños, retroceso de las libertades, deterioro de la convivencia, incremento de la pobreza y del desempleo. El británico Neil Ferguson emprendió una campaña activa a favor del encierro ejemplificando que “a quien solo tiene un martillo… todo le parecen clavos”. Parece obvio señalar que un experto solo en contagios no está capacitado para decidir alegremente sobre la paralización de toda la sociedad. Pero es lo que ha sucedido.   

Este mismo planteamiento se aplica al cambio climático. Con unos postulados más propios de una religión laica que de la ciencia, donde todos los postulados han de estar sometidos a una falsabilidad constante, las medidas solo contemplan una vía para la salvación: cambiar no solo las fuentes de energía sino también la conducta ciudadana, dirigiendo la sociedad hacia un nuevo puritanismo donde no caben viajes aéreos o consumo de carne, todo ello con el objetivo único de eliminar la emisión de carbono a marchas forzadas, sin considerar que los enormes recursos utilizados podrían aportar mayor bienestar si se dedicaran a paliar las posibles consecuencias del cambio de temperatura. Es necesario abrir la mente a opciones alternativas y compararlas rigurosamente entre sí. Porque un experto solo en clima no puede decidir alegremente el rumbo que debe tomar la humanidad, por muy apocalípticas que sean las predicciones de sus modelos matemáticos.  

La conclusión es que existe un fuerte obstáculo para el triunfo del enfoque racional: esta pandemia ha mostrado lo fácil que resulta manipular las emociones. Los políticos han descubierto que no es necesaria la discusión o el debate (de hecho, alegremente han paralizado o minimizado sus responsabilidades parlamentarias). 

Post Crónica 8: La solución se encuentra en el hemisferio sur

(Adaptación de un artículo aparecido en el Independent el pasado 19 de noviembre de 2021)

En un concurrido mercado de un barrio pobre a las afueras de Harare, cientos de personas sin mascarilla se empujan para comprar y vender frutas y verduras. En Zimbabwe el coronavirus está siendo relegado rápidamente al pasado: ya han regresado los mítines políticos, los conciertos y las reuniones en el hogar. Declara una paseante: "El COVID-19 se ha ido. ¿Cuándo escuchó por última vez de alguien que haya muerto de COVID-19? La mascarilla es para proteger mi bolsillo porque la policía exige sobornos si no me muevo con una". 

A principios de la semana 46 de 2021, Zimbabue registró solo 33 nuevos casos de COVID-19 y cero muertes, en línea con una caída reciente de la enfermedad en todo el continente, donde los datos de la Organización Mundial de la Salud muestran que las infecciones han disminuido desde julio.

Cuando apareció el coronavirus por primera vez el año pasado, los funcionarios de salud temían que la pandemia se extendiera por África y matara a millones de personas. Aunque todavía no está claro cuál será el costo final de la COVID-19, ese escenario catastrófico aún no se ha materializado ni en Zimbabwe ni en gran parte del continente africano. Los científicos enfatizan que obtener datos precisos del coronavirus, particularmente en países africanos donde la vigilancia irregular, resulta extremadamente difícil, y advierten que las tendencias decrecientes del coronavirus podrían revertirse fácilmente.


Pero hay algo misterioso que está sucediendo en África y es justamente lo que desconcierta a los científicos. Según Wafaa El-Sadr, presidente de salud global en la Universidad de Columbia, "África no tiene vacunas ni recursos para combatir el COVID-19, a diferencia de Europa y Estados Unidos, pero le está yendo mejor".

Menos del 6% de las personas en África están vacunadas. Durante meses, la OMS ha descrito a África como "una de las regiones menos afectadas del mundo" en sus informes semanales sobre pandemias. Algunos investigadores dicen que la población más joven del continente (la edad promedio es de 20 años frente a los 43 años en Europa occidental) y sus tasas más bajas de urbanización, así como la tendencia a pasar gran parte del tiempo al aire libre, puede haber evitado a África los efectos más letales del virus. Varios estudios están investigando si podría haber otras explicaciones, incluidas razones genéticas o exposición a otras enfermedades. Christian Happi, director del Centro Africano de Excelencia para la Genómica de Enfermedades Infecciosas de la Universidad Redeemer en Nigeria, afirma que las autoridades están acostumbradas a frenar los brotes incluso sin vacunas y existen extensas redes de trabajadores comunitarios para la salud. "No siempre se trata de la cantidad de dinero que tenga o de lo sofisticados que sean sus hospitales".

Devi Sridhar, presidente de salud pública global de la Universidad de Edimburgo, afirma que los líderes africanos no han recibido el crédito que merecen por actuar con rapidez, citando la decisión de Mali de cerrar sus fronteras antes de que llegara el COVID-19. "Creo que hay un enfoque cultural diferente en África, donde estos países se han acercado a COVID con un sentido de humildad porque han experimentado plagas como el ébola, la poliomielitis y la malaria".

En los últimos meses, el coronavirus ha golpeado a Sudáfrica y se estima que ha matado a más de 89.000 personas, con mucho la mayor cantidad de muertes en todo el continente. Pero por ahora, las autoridades africanas, si bien reconocen que podría haber brechas, no informan de un gran número de muertes inesperadas que podrían estar relacionadas con COVID. Los datos de la OMS muestran que las muertes en África representan solo el 3% del total mundial. En comparación, las muertes en las Américas y Europa representan el 46% y el 29%.

En Nigeria, el país más poblado de África, el gobierno ha registrado casi 3.000 muertes hasta ahora entre sus 200 millones de habitantes. Estados Unidos registra muchas muertes cada dos o tres días. Estos bajos números hacen que nigerianos como Opemipo Are, 23 años, de Abuja, se sientan aliviados. "Dijeron que habría cadáveres en las calles y todo eso, pero no pasó nada de eso". Oyewale Tomori, un virólogo nigeriano que forma parte de varios grupos asesores de la OMS, sugirió que África tal vez ni siquiera necesite tantas vacunas como Occidente. Es una idea que, aunque controvertida, se está discutiendo seriamente entre los científicos africanos, y recuerda la propuesta que hicieron los funcionarios británicos en marzo pasado de permitir que COVID-19 infecte libremente a la población para desarrollar inmunidad.

lunes, 2 de agosto de 2021

Post Crónica 7: el Covid y la estrategia del miedo

La humanidad ha sufrido muchas pandemias; pero ninguna como la presente. Y no por la gravedad, sino por la singular manera de afrontarla. Desde la desaparición del telón de acero, Europa no había contemplado semejantes trabas a la circulación, incluso dentro de un mismo país. Ni el mundo tal supresión de derechos y libertades. En algunos lugares, como Australia, han llegado a amenazar con penas de cárcel a los ciudadanos que deseaban regresar a su propio país.

El presente desatino comenzó de forma improvisada con la aplicación de unas ideas novedosas, insólitas, impulsadas por grupos de expertos que señalaron la eliminación del virus como objetivo primordial. Al precio que fuera. Si antaño preocupaban los enfermos, hogaño el foco se desplazó al número de positivos (contagios), asintomáticos o no, algo desconcertante pues el riesgo de muerte por Covid de una persona de edad avanzada es mil veces superior al de una persona joven y sana. Pero la mística del PCR condujo a sumar ambos casos por igual, sin un tratamiento diferencial.

Librarnos definitivamente del virus parece un plan muy atractivo. Pero en la práctica desemboca en una perpetua búsqueda de un ilusorio El Dorado, una coartada para mantener indefinidamente las restricciones ante cualquier atisbo de un indicador que se descontrole. El virus ha venido para quedarse. Mucho más eficiente es adaptarse a él, vacunar a la población, crear suficiente inmunidad para que la enfermedad constituya un riesgo limitado. La perspectiva de eliminar los virus de la faz de la Tierra produce furor en ciertos colectivos.

Los intentos de erradicar gérmenes y causantes de enfermedades comenzaron en los años 50 del siglo XX, resultando todos infructuosos. Pero en 1980 tuvo lugar un éxito inesperado, el único hasta hoy: la erradicación del virus de la viruela. El director de la campaña, Donald Henderson, explicó que el virus reunía todas las condiciones favorables: no poseía reservorios animales, la enfermedad cursa siempre con síntomas perfectamente identificables, sin necesidad de pruebas, y existía una vacuna transportable sin refrigeración al lugar más recóndito, que garantizaba una inmunidad al 100% de por vida (obsérvese que el SAR-COV-2 no posee ninguna de estas cualidades).

Henderson declaró que no veía en el horizonte ningún otro germen susceptible de erradicación, que consideraba más razonable minimizar los daños de las enfermedades pues cualquier estrategia demasiado agresiva podría “comprometer los derechos humanos”. Había dado en el clavo: no es razonable intentar eliminar un virus si los daños causados a la sociedad van a ser superiores a los beneficios; mucho menos si la probabilidad de éxito es casi nula. También advirtió que aceptar acríticamente modelos matemáticos que no consideran los efectos adversos de las intervenciones públicas, “podría transformar una epidemia perfectamente manejable en un desastre nacional”. Henderson falleció en 2016 sin poder comprobar que sus temores estaban muy bien fundados. Mientras tanto, el éxito de la viruela había desencadenado una fiebre del oro, un hervidero de expertos buscando su propia mina, proponiendo a la OMS un sinfín de gérmenes como objetivo. Eliminar microorganismos se convirtió en una obsesión, sin considerar los costes económicos, sociales o políticos que podría generar cada intento. Quizá el atractivo de pasar a la historia como salvador de la humanidad se había tornado irresistible.

La gran mentira de esta pandemia ha sido pregonar que los confinamientos, las exageradas restricciones y el objetivo de suprimir el virus eran todas ellas medidas avaladas por la ciencia. Esto es absurdo: la ciencia no señala cuáles son las mejores políticas, ni establece fines, ni mucho menos sustituye a los ciudadanos en la toma de decisiones. Aunque algunos expertos esgrimieron la autoridad de la ciencia, sus propuestas no eran otra cosa que su opinión personal. Resultó fácil convencer a ciertos colectivos y vender esta idea a una sociedad infantilizada, sin principios sólidos, que detesta cualquier riesgo, busca la seguridad antes que la libertad y acepta difícilmente la existencia de la enfermedad y la muerte. Un recurso clave fue la difusión del miedo, pero también la construcción de un relato coherente con el imaginario del mundo actual, que conectase con las carencias de la gente y encajase en los mitos predominantes. Detrás de la fachada científica, los apóstoles del “Covid cero” predicaron sutilmente un relato del Apocalipsis cuya principal clave no era tanto el cataclismo, la penitencia, como “el día después”, el luminoso amanecer de la “nueva normalidad” donde “saldremos más fuertes”, aun con menos pertenencias, en un mundo más sostenible, más ordenado.

Muchas de las medidas adoptadas, y gran parte de las reacciones de la masa, son incoherentes, contradictorias. La percepción del riesgo ha acabado adquiriendo un fuerte componente moral. Escandaliza ver jóvenes celebrando en las calles, víctimas de una cepa muy contagiosa aunque poco mortífera. Muy pocos se rasgan las vestiduras por ayudar a una anciana vecina a subir la pesada compra, aunque este acto implique un riesgo infinitamente superior. El virus se contagia exactamente igual a cualquier hora, pero las actividades nocturnas escandalizan mucho más, quizá por considerarse más lúdicas y pecaminosas. De ahí los toques de queda que desesperadamente solicitan muchos prebostes.

Hay que desoír y rechazar con energía los cantos de sirena de quienes, por motivos diversos, van pregonando el Armagedón para mantener indefinidamente las medidas restrictivas. Una vez vacunados prácticamente todos los vulnerables, tal como ocurre en Europa, EEUU y otros países, la letalidad decae drásticamente hasta equipararse a la de otros gérmenes que conviven cotidianamente con nosotros. Si antes ya eran exageradas, las restricciones Covid constituyen ahora un sinsentido. Las mejores precauciones corresponden a la acción voluntaria y responsable de los ciudadanos.

Si algo ha demostrado este cataclismo es que la libertad y los derechos fundamentales no están garantizados en Occidente. Las convenciones que sostenían nuestros derechos y libertades han saltado por los aires a la primera arremetida del pánico. Aprovechando el temor de la población, las autoridades han rebasado ampliamente los límites que el sistema democrático establece para evitar que el poder se ejerza de manera tiránica o despótica. Se ha creado un gravísimo precedente.



sábado, 13 de marzo de 2021

Post Crónica 6: posiblemente esto se vaya acabando

Si usted observa el siguiente gráfico de incidencia del virus en varios países (señalados a la derecha), seguramente quede desconcertado:


Vayamos por partes. Hace un mes se alcanzó en Europa el pico de lo que se ha dado en llamar tercera ola de la pandemia. En la mayor parte de los países europeos se distinguen a la perfección tres picos: el primero entre marzo y abril de 2020, el segundo entre septiembre y octubre de 2020 y el tercero entre diciembre 2020 y enero 2021. Desde mediados de enero en todos los países de Europa los contagios empiezan a caer y las muertes, que van desacopladas con una semana de retraso, inician su descenso una semana más tarde.


Como se observa, en España, Francia o Reino Unido se han dibujado tres olas con similar cadencia. Alemania solo ha sentido dos olas, siendo un caso un tanto especial. 

Otro caso especial es Suecia, donde directamente decidieron elegir la inmunidad de grupo en lugar de los confinamientos masivos. En este país la segunda ola ha sido más prolongada y repuntó tras las navidades, pero sus cifras son mejores que en otros países sometidos a enclaustramientos e inmovilidad severos.

En países de menor tamaño se observa una primera ola suave, apenas perceptible, una segunda más fuerte y, en ciertos casos, como en Portugal, una tercera devastadora.


Grecia es caso aparte. No sufrió primera ola apenas, y la segunda y tercera son de mucha menor importancia que en países más ricos de su entorno.


En Irlanda la tercera ola ha sido muy dura, mientras que la primera y la segunda fueron suaves. 


En Italia más que de tres olas se puede hablar de dos. La segunda arrancó a mediados de octubre, tocó techo en noviembre y, desde ese momento, ha ido cediendo con ciertos leves repuntes.


En Estados Unidos la tercera ola ha sido mucho más duradera, pero igualmente el descenso de incidencias está siendo muy acusado.

Canadá, su país vecino al norte, observa el mismo comportamiento pero con números mucho más bajos.

Vayamos con Asia. Con los dos grandes y el surcoreano. India no tiene motivos para vivir bajo el estrés que impera en Occidente.

Corea del Sur lo tiene todo bien controlado.

En China, donde todo comenzó, la gráfica lineal comparativa apenas aporta información.

Sus buenos datos, de creérnoslos, porque ya sabemos cómo se las gasta el gigante asiático con la información, solo son perceptibles en la escala logarítmica.

Y en Latinoamérica miren lo que sucede:



Por decir algo, diríase que viven en una primera ola iniciada tras el verano septentrional que todavía perdura, pero con cifras que ya quisiéramos por estos pagos. 


La tasa de fallecimientos ha pasado de ser insostenible entre abril y noviembre de 2020, a una "comodidad" inferior al 2% en la mayoría de países (excepción hecha de México).

Si diseccionamos el mundo por continentes, veremos con claridad cómo Europa y América se han llevado la peor parte. Los países pobres de Asia y África apenas han tenido motivos para creer que una pandemia demoníaca estaba empeñada en diezmar a la población humana.


Todas las tendencias que se observan en marzo de 2021 invitan a pensar que la maldición que nos asola está tocando a su fin. Desde la última semana de enero es posible observar que tanto los contagios como los fallecimientos están cayendo de manera significativa en todo el mundo. No estamos ante un diente de sierra, sino ante una caída sostenida. En contagios diarios se ha pasado de los 844.000 del 7 de enero a los 289.000 de hace una semana, lo que supone una reducción del 65% en mes y medio. Si de aquí a la segunda semana de abril este ritmo se mantiene, se habrá bajado a unos 100.000 nuevos casos diarios en todo el mundo, lo cual son cifras de hace diez meses.

Algo con ello ha de ver que la seroprevalencia sea cada vez mayor en el mundo, que es lo que tiene que suceder con las pandemias conforme pasa el tiempo. En España ronda el 10% aunque es posible que sea más alta. Encontrarse con gente que ha pasado la Covid es cada vez más habitual, especialmente en ciudades muy castigadas como Madrid, Milán o Londres. En Madrid, un estudio de seroprevalencia a mediados de diciembre la situó en el 18,5%. No es arriesgado conjeturar que una cuarta parte de los madrileños ya han padecido la enfermedad. El virus va perdiendo huéspedes en los que reproducirse y seguir contagiando.

Ya veremos qué pasa con las vacunaciones.


Post Crónica 5: razones genéticas tras la Covid-19


La COVID Human Genetic Effort ha dado a conocer los resultados de un estudio donde se trata de explicar el desconcertante problema de por qué la COVID-19 a las personas de manera muy diferente. Aunque no suele ser asunto habitual en los comentarios, es sabido que algunas personas se recuperan rápidamente del virus, otras ni siquiera saben que lo tienen, y algunas enferman gravemente e incluso fallecen. 

Al parecer, una de las razones por las que algunas personas por lo demás sanas se enferman gravemente es la presencia de puntos problemáticos desconocidos en el sistema inmunológico que obstaculizan su capacidad para combatir el virus. Según los resultados hallados en cientos de personas de distintas razas infectados con COVID-19 potencialmente mortal, un pequeño porcentaje de quienes sufren los síntomas más graves portan mutaciones raras en genes que alteran sus defensas antivirales. Otro 10% con COVID-19 grave produce "autoanticuerpos" que deshabilitan erróneamente una parte del sistema inmunológico en lugar de atacar al virus.

En todos los casos, el resultado es el mismo: el cuerpo tiene problemas para defenderse del SARS-CoV-2, el coronavirus que causa el COVID-19. La razón biológica es que no hay suficiente variedad de proteínas de señalización, los interferones de tipo I, cruciales para detectar virus peligrosos y hacer sonar la alarma para prevenir enfermedades graves.

Esta investigación ha sido dirigida desde el Instituto Médico Howard Hughes y la Universidad Rockefeller de Nueva York. El equipo de trabajo comenzó a estudiar a personas infectadas con COVID-19, particularmente adultos jóvenes, para determinar si las debilidades inherentes de su sistema inmunológico podían explicar su vulnerabilidad al virus a pesar de ser jóvenes y saludables. Con referencia a hallazgos anteriores en otras enfermedades infecciosas, el equipo científico estaba especialmente interesado ​​en un conjunto de 13 genes involucrados en la inmunidad impulsada por interferón.

En su primer estudio, publicado en la revista Science, los investigadores compararon este conjunto de genes en 659 pacientes con COVID-19 potencialmente mortal con los mismos genes en 534 personas con COVID-19 leve o asintomático. Resultó que 23 de ellos, el 3,5% de las personas con COVID-19 grave, portaban mutaciones raras en genes implicados en la producción de interferones antivirales. Esas aberraciones inusuales nunca aparecieron en personas con enfermedades más leves. Los investigadores continuaron demostrando en estudios de laboratorio que esos errores genéticos dejan a las células humanas más vulnerables a la infección por SARS-CoV-2.

El descubrimiento resultó intrigante, pero dada la rareza de las mutaciones víricas, no explicaba la mayoría de los casos de COVID-19 severo. Por ese motivo, otra de las ideas manejadas por los científicos fue determinar si resultaba cierta la hipótesis de que quizás ciertos pacientes de COVID-19 grave también carecen de interferones por diferentes razones. 

En un segundo estudio, publicado también en Science, los investigadores encontraron que 101 de 987 pacientes (más del 10%) de todo el mundo con COVID-19 potencialmente mortal producían anticuerpos rebeldes que paralizaban sus propias defensas antivirales. En el torrente sanguíneo de estos individuos se detectaron autoanticuerpos contra una variedad de proteínas de interferón. Esos anticuerpos, que bloquean la actividad antiviral de los interferones, no se encontraron en personas con casos más leves de COVID-19.

Curiosamente, la gran mayoría de los pacientes con esos anticuerpos dañinos eran hombres. Los hallazgos podrían ayudar a explicar la observación de que los hombres tienen un mayor riesgo que las mujeres de desarrollar COVID-19 grave. Los pacientes con autoanticuerpos también eran un poco mayores, con aproximadamente la mitad mayores de 65 años.

Quedan aún muchas preguntas abiertas. Por ejemplo, todavía no está claro qué impulsa la producción de esos autoanticuerpos debilitantes. ¿Puede haber más mutaciones en genes relacionados con la defensa antiviral que los investigadores aún no han descubierto? ¿Es posible que el tratamiento con interferón pueda ayudar a algunas personas con COVID-19 grave? Dicho tratamiento puede resultar difícil en pacientes con autoanticuerpos, aunque ya se están realizando algunos ensayos clínicos para explorar esta posibilidad.

Los hallazgos, si se confirman, tienen algunas implicaciones potencialmente inmediatas. Es posible que la detección de la presencia de autoanticuerpos dañinos en los pacientes ayude a identificar a los que tienen un mayor riesgo de progresar a una enfermedad grave. Los tratamientos para eliminar esos anticuerpos del torrente sanguíneo o para estimular las defensas antivirales de otras formas también pueden ayudar. Idealmente, sería una buena idea asegurarse de que el plasma convaleciente donado que ahora se está probando en ensayos clínicos como tratamiento para el COVID-19 grave no contenga esos autoanticuerpos disruptivos.


viernes, 18 de diciembre de 2020

Post Crónica 4: lo muy culpables que somos

El problema de colocar umbrales, esos niveles que alertan sobre lo mal (o bien) que van las cosas, estriba en su arbitrariedad. ¡Leñe!, me dirán, no es arbitrario señalar que por encima de 37,5 grados centígrados tenemos fiebre: ¿acaso quiere usted decirnos que deberíamos hablar de fiebre a partir de 39? No, no quiero decir eso. Pero sí lo siguiente: entre 37,5 y 37,4 hay una diferencia de 0,1 grados, que representa solo un 0,26% de diferencia, presumiblemente muy por debajo del error de la mayoría de termómetros que tenemos en casa. Cuando Sanidad colocó el umbral del colesterol "malo" en 200 mg/dL en lugar de 240 mg/dL, de la noche a la mañana en España había 8 millones de enfermos más de colesterol (menudo negocio para las farmacéuticas). 

La OMS establece como límite de control de la pandemia el umbral de 100 contagios por cien mil habitantes. En España, desde el pasado mes de agosto, la tasa es superior a dicho umbral. En algunos meses, incluso muy superior: terriblemente superior. Las razones del subidón eran claras. Una vez que se nos permitía salir de casa y relacionarnos los unos con los otros, como yo os he relacionado, el virus campante seguiría infectando a un ritmo feliz ante la felicidad de mundo que había creído los mensajes del Gobierno: el virus ha sido derrotado. Y no. Simplemente se había reducido la tasa de contagio. 

Las consecuencias de los contagios han sido miles de veces explicadas: aumentan los enfermos (pero no enferman todos los contagiados), aumentan los ingresos hospitalarios (pero no todos los enfermos necesitan ingresar en un hospital), aumentan los ingresos en UCIs (pero no todos los hospitalizados acaban en la UCI) y aumentan las muertes (pero no todos los contagios acaban en muerte). Controlar las infecciones es una manera efectiva de cortar el encadenamiento de sucesos: pero no lo impide. Y hay diversas maneras de efectuar dicho control: una es meternos a todos en casa, pero ya sabemos lo que eso significa (pobreza, paro, ERTEs, EREs, miseria, colas en Cáritas, etc.). Otra es aumentar los mecanismos de rastreo y mejorar la rapidez del diagnóstico (rastreadores, PCRs). La tercera pasa por mejorar los sistemas hospitalarios, pero seguramente sea la reacción más costosa en tiempo y dinero. Y tiempo es lo que escasea más (dinero también, pero porque el mucho que tenemos lo empleamos en cuestiones estériles).

Sin embargo, todo ello, que corresponde a las responsabilidades de los gobiernos, precisa de dos cosas: tiempo para que dé resultado y un comportamiento predecible de la pandemia. El coronavirus es un tremendo enemigo, no porque mate mucho y bien, porque mata poco y mal en comparación con otros virus verdaderamente terribles, sino porque se ceba con las personas de una manera errática y la infección plantea numerosos modus operandi. Por tanto, se trata de un virus al que los gobiernos no pueden poner freno, y mucho me temo que ni siquiera las apresuradas vacunas (muy innovadoras, no se había probado lo de tratar de confundir al cuerpo inoculando ARNs parecidos al del virus, ya veremos cómo sale el asunto) pondrán coto con la urgencia que todos ya celebran. Y si los gobiernos no pueden impedir ni los contagios ni las muertes, y lo que ponen en liza para frenar o paliar la pandemia es insuficiente (cosa razonable en un planeta con siete mil millones de personas viviendo en él), ¿qué pueden hacer? El ejercicio de la propaganda.

La propaganda empieza por decir que los culpables de que haya infectados y muertes somos nosotros. Primero culparon a los jóvenes y los botellones de su fracaso. Ahora dispararan contra los puentes (pese a impedir la movilidad territorial) y la Navidad. Aún no hemos cerrado la segunda ola y ya estamos enfrentando el temor de la tercera. Por cierto, si no se han percatado, el virus no ha venido por oleadas: él ya estaba ahí. Han sido los contagios los que han seguido, fielmente, el patrón de las restricciones de movilidad. La cuestión es que el virus no afecte a la imagen del Ejecutivo. Y nada mejor que atribuir a los imprudentes ciudadanos la responsabilidad de que lo peor acabe sucediendo. Cuando las infecciones bajan, las causas son las buenas políticas gubernamentales (salvo en Madrid, que es por la suerte). Cuando suben, porque somos imprudentes e inconscientes. 

Desde enero, o marzo, nos estamos dejando llevar por el miedo en todo lo que refiere al virus. Es posible que la relación que tenemos con la muerte haya variado tanto en cien años que nos hemos acostumbrado a que uno solo se puede morir de pronto, como los andaluces. Es en ese miedo donde se justifican estupideces como la de un informe infame del Max Planck alemán diciendo que las navidades aumentan en un 59% el riesgo de contagio. Qué ganas tienen algunos científicos de enredarse en las mendacidades propagandísticas de los gobiernos. 






viernes, 27 de noviembre de 2020

Post Crónica 3: la larga etapa de reconducción al Gulag

Esto del buen pasar y el vivir bien de las últimas décadas permitía no pensar en otra cosa que la propia satisfacción personal. El mundo globalizado sugiere que las personas somos hormiguitas pertenecientes a un orden mayor, bastante difuso, en el que os gobiernos se ocupan de la salud y la educación, principalmente (y en debates interminables), la Unión Europea de la economía, el déficit y la prima de riesgo, y los yanquis de defendernos. 

Con el apocalipsis coronavírico llegaron el desconcierto y la irritación. Los muchos muertos por habitante y las mascarillas que, primero, escaseaban y, después, menudeaban por doquier, condujo a que el sistema de salud envidiado por todo el mundo y al que ningún virus podría poner en apuros, porque estábamos bien preparados y no había motivo de preocupación (Simón dixit), resultase un suflé despanzurrado.

Los periódicos, aburridos de contar siempre lo mismo, y sus articulistas, descubrieron que se puede recuperar aquella definición de ser vivo como entidad que nace, crece, se desarrolla y muere. Morimos, sí, y no porque la inmensa mole administrativa del Estado no haya servido de casi nada o porque el Gobierno haya manifestado una torpeza e incompetencia infinitas, sino porque somos seres sin asomo de inmortalidad en nuestras células. Como bien sabe el virus. 

Lo del Gobierno ha sido un escándalo porque, sin disponer de instrumentos ni casi conocimientos, pues lo ignoraba casi todo, se dedicó con ahínco a no dejar preguntas sin respuesta. Cuando los necios enseñan, el caos y los disparates tornan inevitables.

Ahora que ha pasado la primera ola (esto de la metáfora marina tiene su aquél), nos encontramos en un escenario en el que tampoco podemos impedir la ineficiencia y el despilfarro. Se habla de cientos de miles de millones de gasto, de inversiones y subsidios, de planes que aún no están ni pensados pero sí convenientemente financiados, y todo ello con la mirada enternecida de la Unión Europea, a quien de repente ya no importan ni la estabilidad ni la convergencia, tan premiosas como eran. Ni siquiera nos avergüenza dedicar 30.000 millones al año (el 40% del gasto en Sanidad) a pagar los intereses generados por la deuda, y mucho menos aún contemplar un futuro donde la deuda se disparará aún más porque lo que se nos viene encima se llama paro y destrucción del sistema productivo. Lo que quede, será esquilmado a impuestos, puesto que eso de ser austeros y gastar con cabeza no entra en las testas de nuestros próceres. Y, entre medias, el control de las noticias, la desmembración del Estado, la ascensión de los destructores de naciones, la política de bloques, la extinción de los controles administrativos.

Bienvenidos sean al Gulag.




Post Crónica 2: avances en la comprensión de los mecanismos de infección del SARS-COV-2

Qué duda cabe, durante todo 2020 se ha investigado con gran intensidad sobre cuáles son los mecanismos de infección de la COVID-19 y, en consecuencia, poder derivar sus posibles tratamientos. La gran diana es el recubrimiento de proteínas S (spike) de la envuelta lipídica del virión que le da a esta familia el nombre de Coronaviridae y que tiene una similitud del 77% con la del virus del


Actualmente sabemos que COVID-19 utiliza su proteína S (spike) a modo de llave maestra para unirse a la proteína humana ACE-2 provocando la fusión de las membranas del virión y la célula. Respecto a la proteína humana ACE-2, sabíamos con anterioridad que se expresaba en corazón, riñón y testículos, pero posteriormente se ha encontrado en las células del epitelio respiratorio e intestino delgado entre otros. Esta proteína humana está implicada en la regulación del sistema renina-angiotensina-aldosterona y algunas de sus funciones son controlar la presión sanguínea, el volumen extracelular y los niveles de sodio-potasio.

Existe una proteína multifuncional, la GRP-78, que también se encuentra en la membrana celular y que constituye una ruta desconocida en la COVID-19, aunque no en el virus del papiloma humano. Esta proteína podría ser prometedora en la reducción de la tasa de infección viral según apuntan algunos estudios.

La Furina es otra proteína humana presente en numerosos tejidos que también parece ayudar a la COVID-19 para infectar las células de pulmones, glándulas, hígado, riñones y colon al activar un lugar de unión de su proteína S19. La furina estuvo previamente implicada en las infecciones por MERS-CoV.

El CD147 es un receptor proteico de membrana del que se sabe realmente poco en relación con la COVID-19 y que podría constituir una línea de investigación futura por haberse demostrado que facilitó la infección en el SARS-CoV y el VIH.

Cuando el ministro de salud francés, Olivier Véran, en su cuenta de Twitter recomendaba no tomar antiinflamatorios como el ibuprofeno, se abrió la caja de los truenos. En ella aseguraba que algunos antinflamatorios podían empeorar la infección provocada por los viriones de COVID-19. Una afirmación que podría deberse al aumento de la presencia de ACE-2 en las células humanas provocado por dichos fármacos, lo cual podría ser un factor de riesgo añadido en pacientes con enfermedad cardiaca, diabetes o hipertensión que ya de por sí tienen niveles de ACE-2 más elevados por su tratamiento. Además, con el ibuprofeno en tela de juicio, encontramos información en su prospecto de que puede enmascarar ciertas infecciones al ocultar la fiebre, o en casos raros disminuir los niveles de glóbulos blancos en la sangre.

Es de vital importancia comprender que, con la bibliografía disponible, podemos confirmar que los antiinflamatorios no estereoideos aumentan la presencia de la proteína ACE-2 que utiliza el virión para infectar células humanas, pero no disponemos de evidencia para establecer una relación causal entre el agravamiento de la enfermedad y el uso de ibuprofeno.

Algunos autores han investigado los efectos de inhibidores de ACE-2 con la esperanza de que pueda disminuir la infección por COVID-19. Un estudio de recolección de datos en el Hospital de Wuhan Nº 7 observó los efectos de tomar inhibidores de ACE-2 y el agravamiento o mejoría de la enfermedad. Sin embargo, no se hallaron diferencias significativas. Un resultado desesperanzador que tal vez se deba a la complejidad de los procedimientos clínicos y sus interrelaciones, a las rutas alternativas de infección de COVID-19 o a la ineficacia de los propios inhibidores.

Otros autores en estudios in vitro con células de primate obtuvieron resultados prometedores con cloroquina, un fármaco que tiene efecto protector y terapéutico y que actúa modificando la proteína ACE-2, dificultando a la proteína S del virus realizar su letal unión, así como elevando el PH de los endosomas, unos cuerpos esféricos de almacenamiento que se encuentran en el interior celular. Sin embargo, su eficacia ha sido puesta en tela de juicio en estudios posteriores, sin que se se haya descartado por completo su estudio.

Otro tratamiento en investigación es la lactoferrina, una proteína secuestradora de hierro que se encuentra principalmente en la leche materna, las lágrimas y las secreciones intestinales que constituye la primera línea de defensa del huésped. Su capacidad para interaccionar con la proteína HA (hemaglutinina) de algunos subtipos del virus de la influenza A, resultan prometedores al inhibir la fase temprana de la infección mediante un proceso de estabilización de la proteína del virus que, al no poder cambiar de conformación, es incapaz de iniciar la infección. También mejora la respuesta contra el virus del SARS de las células asesinas naturales (NK), un tipo de linfocitos que elimina células infectadas y cancerosas, así como los agregados y la adhesión de los neutrófilos.

Lo que sí está claro, y debe tomarse en consideración, es que la unión de la proteína S de COVID-19 con ACE-2 es más fuerte que la del virus del SARS, lo que aumenta el interés en bloquear esta proteína de múltiples dianas en futuros tratamientos, vacunas o terapias.


viernes, 13 de noviembre de 2020

Post Crónica 1: el milagro de Madrid

En 1995 las nubes vertieron una impresionante tromba de agua y granizo sobre Madrid. Llovió intensamente hasta pasada la medianoche. El río Manzanares se desbordó. Hubo cientos de accidentes de tráfico. Se inundaron pisos bajos y portales a miles por toda la ciudad. Cientos de personas quedaron atrapadas durante horas en el Parque de Atracciones. Una mujer joven fue arrastrada por la riada y falleció. En 2009, el Canal de Isabel II concluyó las obras del depósito subterráneo localizado en el Club de Campo, uno de los mayores depósitos de tormentas del mundo, unido a una red de más de 60 depósitos similares por toda la región. Recogen las primeras aguas cuando sobre Madrid llueve con fuerza y que suelen arrastrar aceites, excrementos, botellas, hojas, basura general. Evitan el desbordamiento del Manzanares por falta de capacidad y almacenan las primeras aguas fuertemente contaminadas para evitar que las depuradoras de Madrid vean sobrepasada su capacidad operativa.  Los 80 litros por metro cuadrado que cayeron sobre Madrid en junio de 1995 se concentraron en poco más de dos horas. En el minuto máximo de la tromba, la precipitación fue de 15 litros por metro cuadrado. Este minuto fue la causa del colapso de las infraestructuras de transporte y el desbordamiento del Manzanares.

A finales de febrero y principios de marzo de este año 2020, en todos los hospitales de varias regiones españolas, y particularmente en Madrid, se registraron avalanchas de pacientes gravemente enfermos, con cuadros de neumonía bilateral provocada por un nuevo virus, el SARS-CoV-2, del que se habían tenido noticias procedentes de China en enero. De este virus se contaba que estaba provocando un infierno sanitario en Lombardía desde la segunda mitad de febrero. Los pacientes fueron agolpándose en cantidades exponencialmente crecientes, llegando a ingresar varios miles diariamente a finales de marzo. Tal avalancha de enfermos sobrecargó las infraestructuras hospitalarias hasta el punto de que más del 100% de las camas en Madrid estuvieron ocupadas por pacientes con Covid, incluidas el millar de UCIs disponibles.

De igual modo a como sucede con las riadas, el verdadero problema de aquellos días, y lo que llevó al colapso a los hospitales, no fue el número total de enfermos, sino la concentración en el tiempo de sus ingresos, que resultó exponencialmente creciente. La Covid-19 genera cuadros de neumonía que requieren varios días o incluso semanas de hospitalización en los casos leves, periodos más largos (de varios meses) en los casos graves, e incluso en quienes provoca el fallecimiento suelen pasar entre dos y cuatro semanas hasta el fatal desenlace. Los ingresos hospitalarios se producían por decenas, cintos, y miles de pacientes graves diarios sin que se produjesen apenas altas. No daba tiempo a que los enfermos se curasen (o falleciesen). Esta riada de enfermos carecía, por ello, de desagüe. Si el virus hubiese sido mucho más letal, como el SARS, paradójicamente se hubiera producido una situación mucho más llevadera en los hospitales (aunque no en las morgues). Las autoridades debieron habilitar infraestructuras UCI improvisadas en pocos días o semanas.

Aquella riada pasó. Pero entre finales de julio y principios de agosto, tras seis semanas de calma casi absoluta, se empezó a detectar de nuevo un significativo incremento en el número de casos positivos por Covid que se trasladó poco después a cifras de ingresos diarios. El coronavirus atacaba de nuevo. Las autoridades de la Comunidad de Madrid reaccionaron con diversas medidas. El 20 de agosto cerraron el ocio nocturno. El 7 de septiembre limitaron las reuniones en el ámbito público y privado a un máximo de diez personas no convivientes, reduciendo aforos para oficios religiosos, celebraciones, entierros y velatorios, y suspendiendo los espectáculos taurinos. Invirtieron en una campaña de concienciación, se endurecieron las condiciones de distancias mínimas en la hostelería y anunciaron la adquisición de dos millones de test rápidos de antígenos. El 21 de septiembre se redujeron las reuniones en el ámbito público y privado a un máximo de seis personas no convivientes, y se limitaron los horarios de la hostelería para toda la comunidad, restringiendo la movilidad de los ciudadanos de las Zonas Básicas de Salud (ZBS) más afectadas, así como los horarios y aforos de manera especial en dichas zonas. 

Bien como resultado de estas medidas restrictivas, bien porque durante agosto la población de la Comunidad de Madrid es sensiblemente inferior a la habitual, bien porque un importante porcentaje de la población madrileña hubiera pasado la enfermedad durante la riada de marzo y retuviese inmunidad total o parcial, bien por el uso de mascarillas y las medidas de distanciamiento físico, bien por el uso masivo de los test de antígenos para la detección y aislamiento rápidos de los individuos infectados y con ello la interrupción de las cadenas de transmisión de la enfermedad, bien por la combinación de todas esas razones e incluso por otras, la segunda ola en Madrid demuestra dos hechos indiscutibles.

Uno. Los nuevos ingresos hospitalarios diarios aumentan de una forma mucho más suave que en el me de marzo. Esto permite que las altas médicas ayuden a ralentizar el ritmo de ocupación hospitalaria. No solo se evita el colapso sino que no se llegan a alcanzar los preocupantes niveles de tiempo atrás. En el momento de máxima carga, entre finales de septiembre y principios de octubre, han estado ocupadas unas 3.300 camas en planta y 500 en UCI, lo que representa el 20% y el 45% respectivamente de los máximos de capacidad en la Comunidad de Madrid (capacidad prepandémica). Además, el ISabel Zendal, construido en tiempo récord, suple las funciones de "tanque de tormentas" y entre sus funciones se encuentra servir de recurso sanitario de emergencia para nuevas tragedias, ya sean por Covid, por otras enfermedades infecciosas o por cualesquier otras razones.

Dos. El máximo de casos positivos detectados en la segunda ola se alcanzó a mediados de septiembre. Unos pocos días más tarde se alcanzó el máximo de ingresos diarios. La máxima ocupación hospitalaria se produce a finales de septiembre. Desde entonces, y hasta este momento, puede percibirse un retroceso evidente de la Covid, reflejado en una caída superior al 40% en los ingresos diarios en los hospitales, casi un 40% en el total de camas ocupadas en planta y más de un 10% en UCI. Estos datos evidencian el capricho político que supuso imponer un estado de alarma exclusivo para Madrid en un momento (el 9 de octubre) en que la epidemia en esta comunidad se encontraba en descenso y el patetismo intento gubernamental por atribuirse esa mejoría. Desde ese momento, de máximos, han transcurrido más de seis semanas y Madrid ha estado moviéndose en niveles de Incidencia Acumulada a 14 días de alrededor de 350 casos por 100.000 habitantes. Estos datos son a día de hoy la envidia de casi toda Europa y de todo el resto de España, pero en aquel momento se consideraban merecedores de la máxima alerta posible e incompatibles con una vida social mínimamente normal. Conviene advertir que se están consiguiendo con las menores restricciones sociales y económicas que se han impuesto en casi todas las comunidades autónomas españolas (salvo Canarias) y en la mayoría de las grandes urbes europeas. Es así porque, aunque el caudal de pacientes sigue siendo muy alto (más de doscientos enfermos ingresan cada día por Covid en Madrid), el crecimiento del mismo no está siendo exponencial durante esta segunda ola, permitiendo que el flujo de enfermos entrante se vea compensado por las altas hospitalarias.

No existe, por tanto, un "milagro de Madrid". Los pacientes se han infectado paulatinamente, pero no torrencialmente. Las medidas restrictivas adoptadas progresivamente, el uso masivo de test de antígenos para cortar las cadenas de transmisión, el enfoque quirúrgico de las restricciones de la actividad social (restricciones por ZBS) y posiblemente la mayor inmunidad adquirida por la población madrileña tras el azote de la primera ola, han permitido estabilizar e incluso reducir el flujo de enfermos en los hospitales. Este "milagro" demuestra con claridad que son mucho más importantes las tendencias que los valores absolutos de contagios, algo que en este blog venimos repitiendo desde el principio. 

lunes, 15 de junio de 2020

Crónica Última. El virus de los cien días que derrotó a un país entero


Causa estupor que Fernando Simón afirmase recientemente que las inconsistencias e incongruencias en los datos proporcionados por el Ministerio sobre la Covid-19 son normales en situaciones de epidemia. Tal afirmación es inaceptable y remite al pensamiento (o la excusa) instalado en el Gobierno tras las catastróficas consecuencias que ha causado su gestión. 

La pandemia de SARS-CoV-2 es similar a otras anteriores. Es distinta en las características peculiares del virus, pero su comportamiento es análogo a episodios víricos anteriores. La (mal) llamada gripe española de 1918, o la gripe rusa (el trancazo) de 1889, fueron provocadas por virus de similar transmisión. Las estrategias empleadas entonces fueron, como en la actual, el confinamiento domiciliario y el uso de mascarillas. La única diferencia entre unas pandemias y la actual estribaba en la mayor rapidez de expansión del virus por todo el planeta debido al entorno globalizado en que vivimos. Pero no solo del virus: también de la información.

La España del siglo XXI disponía, a priori, de muchos mayores recursos técnico-sanitarios y posibilidades de control e información insospechadas en la España que afrontó las pandemias del siglo XX y anteriores: tests de diagnóstico rápido, investigación médica de respuesta inmediata, una población con alto nivel educativo... Sin contar con los dos meses de ventaja que la Covid-19 concedió a toda Europa respecto a Wuhan, donde la epidemia explotó durante el mes de enero. Como se ha dicho antes, la globalización no solo beneficiaba al virus: también a la sociedad. Se poseía información sobre cómo otros países (Corea del Sur) habían atajado la epidemia con estrategias basadas en tests y trazabilidad de los casos o en una agresiva campaña sanitaria (China).

La España de 2020 optó por hacer caso omiso de toda la información, de todos los informes, y de todas las advertencias internacionales (otros gobiernos, OMS, Unión Europea). En una decisión que sorprende por la turbación que causa, el Gobierno no hizo nada, confió todo a la buena suerte de que, finalmente, el virus chino no fuese tan temible o que su impacto en la población fuese similar al de la gripe A de hace unos años (cuando la OMS ridículamente advertía de millones de muertos). La España de 2020 se comportó como un país resabiado, absorto en sus divagaciones políticas y en sus propuestas de izquierda imperativa y, cuando la epidemia golpeó, no tuvo más remedio que hacer uso de las mismas medidas medievales que las autoridades de hace un siglo o siglo y medio debieron invocar: confinamiento domiciliario y mascarillas. Estas, además, con muchísimo retraso y confusión sobre su uso, porque tampoco se hizo aprovisionamiento de material sanitario. La España de 2020 no hizo absolutamente nada hasta el día 9 de marzo.

Las razones son muy obvias, aunque parecen muy complejas. La primera, conceder prioridad a una política ideológica (el 8M) provocó una dejación sin parangón en el Gobierno de las que son sus obligaciones de anticipación y previsión frente a cualquier crisis sanitaria (o de otro tipo). Los ciudadanos pudimos ser reticentes a modificar nuestros hábitos de vida y costumbres, e incluso pudimos contemplar con cierta desconfianza las situaciones de las que se informaba en China, Corea o en Italia. Pero no somos los ciudadanos quienes tenemos las riendas del país, sino nuestros representantes políticos, a quienes no solo se elige para que invoquen el nombre del marrano cuando se refieren unos a otros en la batalla interminable de los dos bloques (derecha e izquierda). Otrosí, quienes se sientan en un Consejo de Ministros tienen obligación por ley de atender y considerar la información que proviene de otros países y organismos internacionales. Si el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad no cumple con su función de superar las inercias que sus miembros puedan disponer como ciudadanos comunes, entonces debe ser reestructurado a fondo. ¿Alguien se imagina que el CNI no tomase en serio un aviso internacional de posible atentado terrorista en el territorio español, o que pese a las alertas no dispusiese los medios necesarios para vigilar y reducir al comando terrorista? Pues algo muy similar es lo que ha sucedido con el organismo que dirige el Dr. Fernando Simón, quien debería ser destituido de inmediato una vez que la pandemia parece irse diluyendo.

Una segunda razón es el modo en que la descentralización autonómica de las competencias sanitarias ha incidido en la dificultad de articular una respuesta ágil, unitaria y solidaria por parte del Gobierno. También ha puesto de manifiesto las enormes carencias de un ministerio, el de Sanidad, a la hora de coordinar los recursos del país y de articular soluciones a problemas puntuales de abastecimiento de material sanitario (mascarillas, test PCR, equipamiento protectivo para profesionales, etc.). El Gobierno optó por un "mando único" cuya efectividad ha sido poco menos que ridícula. ¿Había alguna alternativa? Seguramente articular una mesa de responsables autonómicos de Sanidad coordinados por el ministro. Nunca sabremos por qué no se hizo uso de esta opción que parecía la más lógica dada la situación de descentralización sanitaria imperante. ¿Era tan colosal el proyecto o simplemente se dio por imposible antes incluso de intentarlo? Lo cierto es que algunas comunidades autónomas como Madrid o La Rioja fueron siempre por delante del Ministerio de Sanidad y, cuando la crisis azotaba con el máximo de los horrores, el Ministerio de Sanidad fue un entorpedecedor magnífico de las labores autonómicas. No deja de ser ignominioso contemplar cómo en los hospitales madrileños se hacinaba en los pasillos y sótanos a enfermos de coronavirus mientras en las comunidades limítrofes esperaban, con relativa calma debido a su desahogada situación, el golpe del tsunami: sálvese quien pueda. 

La tercera razón estriba en la gestión de los datos epidémicos, que ha sido especialmente deplorable, tanto en datos de personas como de territorios. Los datos de las personas son imprescindibles si se persigue la trazabilidad de los casos clínicos. Ante la inexistencia de test masivos de detección, alguien debió pensar que quedaban razones para perseguir dicha trazabilidad. Dicho de otro modo: un nuevo regreso a 1918. Los datos por territorios han sido gestionados por el Ministerio de Sanidad a partir de las informaciones remitidas por las comunidades autónomas, alcanzando un esperpento de difícil reproducibilidad. De nuevo el Ministerio no ha tenido autoridad, pese al establecimiento del "mando único", para conseguir indicadores coherentes entre todas las autonomías. La deslealtad de algunas de ellas, proporcionando datos no homologables, no ayudó a mejorar precisamente la situación.

Esta cuestión de los datos hay que interpretarla también como parapeto político ante la alarma social por la extrema ineficacia en la gestión de la crisis. Desde el primer momento, el Gobierno fijó criterios muy estrictos a la hora de contabilizar infecciones y fallecimientos, haciéndolos pasar como una exigencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cosa que la propia OMS ha desmentido. El caos estadístico ha sido tan estruendoso, involucrando desde informes internacionales inexistentes a todo tipo de excusas y justificaciones científicas, que los medios de comunicación de todo el planeta son aún escépticos respecto a la incidencia real de la pandemia en España. ¡Y criticábamos a los chinos, tan autárquicos y mentirosos ellos! En todos los países se han contado los casos sospechosos (no solo los clínicos) con el único objeto de disponer de información amplia y menos dependiente de la disponibilidad de unos tests que en algunos países, como España, eran casi episódicos. Pero en España ese objetivo no importaba: el Gobierno perseguía como poseso reducir el impacto político de la pandemia. Será en vano: no podrá ocultar jamás la verdadera dimensión de la catástrofe por mucho que insista en mirar hacia otro lado o hacer oídos ante las preguntas y las críticas. Pero ahí están los registros de las funerarias, o las estadísticas de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística (INE) o las del sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III, que arrojan 43.000 fallecidos por encima de los 27.000 fallecidos oficiales. Lejos de admitir el error, o de asumir las consecuencias y decir la verdad, el Gobierno sigue aferrándose a ese clavo ardiente.

La calamitosa gestión de los datos tiene otras implicaciones importantes. El caos entre Gobierno central y Comunidades Autónomas, y la reiterada ruptura de las series junto con su falta de homogeneidad, predispone a una manipulación política de lo que se ha venido a llamar "desescalada", que se va a producir y se está produciendo a ciegas, confiando de buena fe en una tendencia general al descenso de los casos, sin información precisa y rápida de posibles incrementos. Exactamente la misma situación que el Gobierno exhibía en los días previos al 8M. Además, afecta a la credibilidad internacional de España porque remite a una sospecha generalizada de que se intenta ocultar la magnitud real de la pandemia.  

Y sí. El 8M fue decisivo. Pero no por las manifestaciones del día de la mujer, sino por todas las decisiones (o mejor, las no decisiones) que arroparon la decisión de permitir su celebración.

Es una cuestión inobjetable que el Gobierno se comportó de forma temerariamente imprudente en las semanas previas al 8M. El virus ya había hecho acto de presencia en España y el Gobierno disponía de información suficiente para evaluar el peligro que representaba para la salud pública. La prensa de aquellos días informaba del colapso sanitario en Italia, en España se habían producido las primeras muertes, la OMS había declarado la emergencia sanitaria global y los editoriales de los principales periódicos reclamaban acciones internacionales urgentes para hacer frente a la expansión de la epidemia y sus efectos económicos. La respuesta fue: el Gobierno empezará a tomar precauciones a partir del lunes 9 de marzo. Resulta que quince días antes se había suspendido el Mobile World Congress de Barcelona y se habían cancelados numerosos partidos de baloncesto, actos culturales y corporativos y otros muchos eventos. Pero este Gobierno decidió mirar para otro lado durante unos días con el objetivo único de salvar la fiesta feminista, cruzando los dedos para que las consecuencias no fuesen tan catastróficas como finalmente fueron. Esa inacción arrastró a permitir todo tipo de aglomeraciones: partidos de fútbol, congresos de partidos políticos, conciertos masivos… Millones de personas participaron aquel fin de semana en actos que no debieron haberse celebrado jamás ese día.

Conviene advertir que la versión más cruda y luctuosa de la realidad no apareció de golpe y porrazo en la madrugada del domingo al lunes. Con manifestaciones o sin ellas, las vulnerabilidades estructurales antes descritas ya estaban ahí: la pandemia solo hizo aflorar las deficiencias de un sistema sanitario glorificado por todos sin razón. La carencia de material indispensable para hacer frente a una epidemia a gran escala es algo escandaloso, pero no lo es menos los innumerables vacíos legales que se han ido descubriendo, los defectuosísimos protocolos de gestión de crisis y la situación de abandono médico e indefensión de los ancianos infectados en las residencias. Que en los hospitales se tuviese que optar por unas vidas u otras representa un bochorno atroz que demuestra que España era carne de cañón para el virus y que los poderes públicos de hoy y de ayer tienen su parte alícuota de responsabilidad en el desastre.

Desde el Gobierno se ha tratado de defender su decisión de permitir el 8M como si la reivindicación de los derechos y libertades de la mujer (trabajadora o no) fuese algo exclusivamente suyo sobre lo que ninguna otra consideración (incluida la sanitaria) podía interponerse, so pena de involución política y social. De repente el feminismo 2020, con su trifulca política anterior, promovida por un panfleto con nombre de proyecto de ley presentado por una ministra tan inculta como ensoberbecida,  se ha convertido en máximo causante del horror. Lo cierto es que el 8M solo coincidió en el tiempo (se pudo haber aplazado) con el virus. El verdadero causante es un Gobierno plagado de políticos incapaces de la mínima gestión y del más riguroso silencio y trabajo técnico. La causa no es otra que un presidente despótico, indocto y con escasa inclinación por la inteligencia, que solo trata de apantallar y salvaguardar su honra (y sus posibilidades electorales). Este error también puede trasladarse a la oposición, porque todos los partidos apoyaron la manifestación del 8M y asistieron a ella, excepto Vox que se abstuvo de ir no por responsabilidad sanitaria, sino por su carpetovetónica beligerancia antifeminista y celebraban su igualmente imprudente congreso.

La negligencia gubernamental no tiene por qué acarrear consecuencias jurídicas o penales. Quienes albergan esa esperanza viven afectados antes de revanchismo que de realismo. El 8M pesará para siempre sobre las espaldas de este Gobierno. Por muchos vítores que algunos den, incluso en sede parlamentaria, ese día quedará fijado en la memoria colectiva como el día luctuoso de la era moderna. Dirán que no disponíamos de información, y es mentira. Todos los políticos de España eran conscientes de que nos hallábamos ante las puertas del infierno. Pero todos callaron por miedo, aunque no por miedo al virus. Callaron los medios de comunicación y callamos quienes, con los datos profundamente sesgados de Wuhan, pensábamos que la cosa no iba a ser para tanto. Es casi imposible encontrar en los días previos al 8M una crónica, una columna de opinión o una tertulia que planteara abiertamente la necesidad de suspender esa convocatoria. Sin embargo, se hablaba de ello en los pasillos.


Que casi todas las sociedades del planeta hayan aplicado medidas de distanciamiento social no equivale a decir que todas las medidas de distanciamiento social implantadas en el planeta hayan sido igual de efectivas a la hora de frenar el avance del virus. Con el tiempo, los datos se han ido acumulando y, después de que 135 países hayan sufrido esta pandemia, ya disponemos de muy diversa información para evaluar qué ha funcionado y qué no ha funcionado. El ministro de Sanidad repite una y otra vez el responso que dice que todo el mundo subestimó el riesgo de que la epidemia nos golpeara. Lo cual no es cierto. Pero tan acostumbrados estamos ya a las falsedades continuas que ni nos dignamos en hacer otra cosa que reírnos de las ocurrencias. Ahí están los epidemiólogos del Véneto que no infravaloraron el riesgo. O los médicos en China que tampoco lo hicieron. Ni siquiera la Organización Mundial de la Salud infravaloró lo que había, aunque siempre opte por emitir recomendaciones genéricas. Tampoco el ECDC, el Centro Europeo de Alertas. Ni siquiera el responsable de riesgos laborales de la policía nacional que, en enero (¡enero!), dio instrucciones para que los agentes llevasen mascarillas en los pasos fronterizos, lo que provocó un profundo choque con el Ministerio de Sanidad y su posterior destitución por el Ministerio del Interior (regido por un horrendo pazguato que, otrora, fuese juez de reputada solvencia).

Cien días es la duración del estado de excepción (tildado de alarma) que arrancó el sábado 14 de marzo hasta la medianoche de hoy, 20 de junio de 2020. Cien días sometidos al más férreo control gubernamental de la historia de la reciente democracia, con las libertades recortadas a cal y canto de modo tan férreo que ni poder ver a los seres queridos se ha podido. Cien días con los hospitales públicos y privados bajo las órdenes de un mando único coordinado por el ministro de Sanidad. Cien días que se iniciaron, desesperadamente, tratando de evitar el colapso que suponía la afluencia constante de infectados, muchos de ellos con necesidad imperiosa de cuidados intensivos y sin posibilidad de acceso a los mismos, por saturación. Cien días en los que más de 50.000 trabajadores sanitarios se han contagiado por la falta de equipamiento de prevención individual. Cien días que han contemplado la muerte de más de 50.000 personas, a gran mayoría ancianos aislados en residencias o en domicilios, de quienes no han podido despedirse sus parejas, hijos, nietos o allegados. Cien días de ocultamiento del exceso de fallecidos, o de imágenes con morgues atestadas, féretros almacenados en espera de cremación. Cien días de continua propaganda finalmente convergente hacia la idea de un Gobierno salvífico que ha evitado el fallecimiento de medio millón de españoles, pese a disponer de la mayor tasa de fallecidos por habitante, pese al obstinado criterio heterogéneo del Gobierno con respecto las directrices de la OMS con tal de disminuir la calamidad de los números hasta donde fuese posible.

Cien días en los que el virus SARS-CoV-2 ha campado por sus respetos en España porque al Gobierno solo le gusta hacer política, pero no responsabilizarse de sus obligaciones. Cien días de una batalla no hemos hemos ganado juntos, sino disjuntos (más que nunca) y con 50.000 personas menos de las que debíamos ser. Cien días de los que no hemos salido de ella más fuertes: antes al contrario, más débiles que nunca también.

Cien días que contemplan a un único vencedor: un organismo de 200 nanometros (hay que colocar 10.000 seguidos para que ocupen un milímetro), el único que ha demostrado aquí cómo se derrota a toda una nación, un planeta, una sociedad: de chapeau.

Ave, SARS-CoV-2 imperator, morituri te salutant.


20 de junio de 2020. Última de las crónicas de la Covid-19